Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Corta y fecunda fue la vida de Mariano Fortuny. Murió con tan solo 36 años tras haber conseguido disfrutar en vida de una fama y prestigio internacional vedados a la mayor parte de los artistas españoles contemporáneos del momento.
Estuvo en París y Roma, y viajó en varias ocasiones a Marruecos donde conoció de primera mano el exotismo colorista y cultural del país vecino, a donde fue enviado a modo de cronista gráfico para que expresase con su arte algunos de los acontecimientos más notables de la Guerra de Marruecos. De arrebatadora personalidad, su arte rezuma la fuerza del impresionismo más vanguardista que supo entender la lección de la pincelada velazqueña y los aires revolucionarios procedentes del arte francés, la fascinación orientalista o la exquisita elegancia del modernismo. Granada se convirtió en uno de sus refugios favoritos donde pudo gozar entre 1870 y 1872 de una ciudad llena de color entre los jardines y los monumentos nazaríes legados del pasado, así como de sus pintorescos barrios y sus gentes, provistos de tanta carga histórica y literaria. De este período conservamos algunos de los cuadros más preciosistas e íntimos de su corta carrera. Al principio se hospedó el artista en la propia Alhambra en una pensión que existía junto a la Puerta de Siete Suelos, y finalmente alquiló una casa en el Realejo. Junto al Albaicín, el Realejo será el otro barrio donde mejor se conservó el siempre ensoñado pasado morisco de la ciudad, paraíso de artistas, estudiosos, músicos e intelectuales que tuvieron en esta zona de la ciudad su refugio. Sus estrechas, tortuosas y empinadas calles que miran a Sierra Nevada, las pintorescas plazuelas empedradas y las blancas casas provistas de tapia, patio y jardín con flores, cipreses y palmeras, pasaron a pintar el marco íntimo de una de las etapas más felices del artista, tan sólo dos años antes de morir. En su casa del Realejo, Fortuny trabajó y se relacionó con otros pintores amigos, como Martín Rico Ortega, Joaquín Agrasot o su cuñado Raimundo de Madrazo, con los que descubrió y pintó la ciudad de la Alhambra. Su espíritu modernista se revela en el interés que siempre mostró por la artesanía. Junto a las telas o la orfebrería su predilección se inclinó hacia la cerámica de loza dorada nazarí, de la que llegó a coleccionar algunas piezas únicas y excepcionales, como el célebre azulejo Fortuny, actualmente en el Instituto Valencia de don Juan, e incluso tres vasos de la Alhambra, conservados hoy en el Ermitage de San Petersburgo, en la Freer Gallery de Washington y en el Museo de la Alhambra.
De aquellos felices momentos procede este cuadro en el que Fortuny pinta unas varas de malvas reales existentes en su jardín del Realejo, tal como se ha visto en otras pinturas del artista. El color, la luz, la pincelada prodigiosa o simplemente la mancha, impresionan nuestra retina con el preciosismo íntimo que sólo él fue capaz de desplegar en el arte de la pintura. Es difícil saber a donde hubiera llegado Mariano Fortuny de no haber visto su vida truncada en plena juventud creativa.