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Martes, 13 de enero de 2009

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Arte / Claroscuro

Las estatuas de Velázquez (IV).
«Venus de la concha»

Por Susana Calvo Capilla

«Como ya sabéis —decía Diego Velázquez en su (imaginaria) carta enviada desde Roma en septiembre de 1650, como ya vimos anteriormente—, Su Majestad está entusiasmado con aquesta reforma del Alcázar. El maestro de obras, Don Juan Gómez de Mora, ha terminado presto los nuevos salones de manera que S. M. me ha encargado supervisar y concebir su decoración, nombrándome a tal efeto, y con un buen sueldo, Veedor y Contador de la Pieza Ochavada.

Ilustración. Vaciado de Matteo Bonuccelli (1652), sobre original romano conservado en el Museo del Louvre: «Venus de la concha» (detalle)

Vaciado de Matteo Bonuccelli (1652), sobre original romano conservado en el Museo del Louvre: Venus de la concha (detalle)
Bronce, 65 x 62 cm Núm. de inventario: E-169

Cuando me asignó dicha tarea le dije: yo me atrevo señor, si V.M. me da licencia, ir a Roma y a Venecia a buscar y feriar los mejores cuadros que se hallen de Tiziano, Pablo Veronés, de Rafael de Urbino, del Parmesano y de otros. Y más que será necesario adornar las piezas bajas con estatuas antiguas, y las que no pudiesen haber, se vaciarán y traerán las hembras a España, para vaciarlas después aquí con todo cumplimiento. El rey no veía tal necesidad, sobre todo en lo que respecta a las antigüedades, así que hube de porfiar hasta que, al cabo, recibí licencia para volver a Italia. Lo cierto es que para llevar a buen puerto un encargo tan ambicioso había que movilizar muchos recursos y personas. Por otra parte, he de confesar que emprendí el viaje con ciertos temores. Aún no se había olvidado en la corte mi bochornoso desatino con el encargo que hizo el rey de Inglaterra, Carlos I. Sin duda recordaréis que pidió el vaciado de tres bustos antiguos que había en el Alcázar. Mi yerro fue tan flagrante (¡confundí a Aníbal con Francisco I!) que, con justo merecimiento, dio lugar a una queja diplomática. Me propuse no errar esta vez y busqué buenas guías de las antigüedades de Italia, como la de François Perrier (editada en 1630) que recogía 100 estatuas clásicas de distintas colecciones romanas.

De esta suerte, embarqué en Málaga y arribé a Génova el 21 de enero del presente año, 1650. Recalé primero en Venecia y después marché a Roma: ¡qué deciros de ciudad tan magnífica! No obstante, mi misión no es bien vista por todos. Algo sabía de los recelos que despertaban en Italia estos viajes en busca de antigüedades. Los coleccionistas, el Papa y las grandes familias romanas, suelen rehusar las peticiones de los cientos de agentes de nobles y soberanos que pretenden adquirir o copiar sus obras de arte. Bien es cierto que sus reticencias están justificadas, pues en el proceso de copia a menudo se mancha el mármol del original. Pero ¡vive el cielo que los hay fuera de su seso! Don Hipólito Vitelleschi, por ejemplo, camarero del Papa y bibliotecario del Vaticano, que amenazó con decapitar una estatua del Discóforo porque le dijeron que yo quería comprarla; al parecer hasta habla con ellas. Gracias a Dios, tanto Inocencio X como los Ludovisi, los Borghese, los Farnese, los Montalto o los Medici deben favores a los reyes españoles, así que, tras la desesperante espera, llegaron los permisos. A todo ello he de añadir las críticas de nuestros compatriotas, como el cardenal de la Cueva, que estima mi labor una “comisión de estafa” y se mofa de mí diciendo que no he hecho presa aun “andando en corso”. En verdad no soy yo el blanco de su mordaz retórica sino el rey, pues le sacan de quicio sus dispendios: “La monarquía tiene al país en bancarrota y se permite estos lujos, es un absoluto dislate”, clama.

Otro día tomaré de nuevo la pluma para proseguir con mis andanzas romanas; de la Venus de la concha, que ya hemos vaciado, os hablé en parte tiempo atrás; ahora quedad con Dios».

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