Literatura
Por Luis Alonso Girgado1
Casi todos los escritores suelen incorporar a sus currículos los premios alcanzados. El argentino Martín Murphy, que como escritor procede de los medios de prensa escrita, puede incorporar ya el prestigioso «Juan Rulfo» de novela corta por su obra El encierro de Ojeda (Adriana Hidalgo editora, 2007), que por cierto es su estreno como narrador. La escritura de prensa no parece haberlo estorbado —opinión bastante extendida entre algunos escritores— sino todo lo contrario; digámoslo ya: la narración corre en esta novela a un bien medido ritmo, sin desmayo, mientras la prosa se ajusta, precisa, analítica, significante, a la andadura de la historia. Añadamos a esto que el escritor ha retornado a un tipo de novela que en Argentina ha proliferado bajo el impacto del psicoanálisis (Freud y otros), de moda hace ya algunas décadas y aquí clave de un brillante ejercicio del intelecto imaginativo del novelista.
Novela que da cuenta de la atormentada aventura mental de un oficinista (por la que asoma la crisis del país, ciertamente), El encierro de Ojeda nos remite a un proceso de autodestrucción que se revela imparable pese a recursos de distracción o aplazamiento que Ojeda pone en práctica como la elaboración en el vacío de universos (minuciosos, obsesivos, estériles) de números y de palabras. Un esquema de personajes muy reducido y en verdad activo y eficaz; un ambiente oficinesco en constante crisis, amenazante y desequilibrado y, en definitiva, una convincente gradualización del proceso que lleva a la locura, a la ruptura de relación de la conciencia con las coordenadas de tiempo y espacio (con el derrumbe de las barreras salvadoras que habilitan el mismo Ojeda y el psiquiatra) son pertinentes mecanismos de esta novela en la que todo encaja perfectamente y que el novelista parece haber tenido configurada de principio a fin; esto es, planificada sin fisuras como construcción mental y, finalmente, como aterradora contrautopía.
Ha sabido enlazar el escritor, por un lado, el contexto de cotidianeidad rutinaria en la que se produce la existencia del «loco Ojeda» y, por otro, el avance del malestar psico-físico que desencadena el delirio final del protagonista. Brillante en términos imaginativos, segura en el entramado de la historia, compacta en su lenguaje y sobria en lo expresivo, El encierro de Ojeda es una bien argumentada parábola del quebradizo estar del hombre en el mundo. De nuestra no menos frágil relación con lo real y de la insólita y arrasadora deriva del ser humano cuando su mente rompe amarras un buen día, sin más, de improviso y sin rumbo. Dolorosa y alucinada metáfora existencial, esta novela se asienta en una implacable y firme lógica interna que solo está ausente de la conciencia de Ojeda. Quien encarna además la radical soledad e incomunicación en una atmósfera (la de su oficina) con algún toque kafkiano. Algo que nos va conturbando hasta sobrecogernos finalmente hay en esta primera entrega de quien llega a la narrativa con varios triunfos en su mano.