Literatura
Por Luis Alonso Girgado1
Sigue creciendo vigorosa, arborescente, dispar en su tratamiento la novela negra entre los escritores hispanoamericanos y en atención al género reunimos aquí dos muestras tan recientes como opuestas. La primera es de un raro y ocurrente uruguayo, Mario Levrero. Su título, Dejen todo en mis manos (Caballo de Troya, 2007), está precedido por una breve nota que no nos resistimos a reproducir: «La existencia de esta novelita ha sido posible por el generoso y paciente apoyo de mi esposa Alicia, a quien por ello el lector no debe juzgar demasiado severamente». Pues bien, esta divertida e inmisericorde parodia del género, en la que un escritor frustrado ejerce de detective «malgré lui», tiene como lastimoso escenario el pueblecito de Penurias y un ridículo y fracasado itinerario de búsqueda del autor de un texto. La ironía, que no es inocua; el tono jocoso, el lamentable papelón del investigador y lo descabellado de la anécdota narrativa son claves de un texto lúdico que divierte y entretiene mientras el escritor no descansa en el ejercicio de lo irónico-burlesco. Humor e inteligencia son sustancia de este juguete literario realmente ingenioso que casi nada deja en pie. Bien por Levrero, por su ingenio y sus travesuras verbales e imaginativas.
Cultivador canónico del género es el argentino Guillermo Orsi, ganador de más de un importante premio y distinguido con el Ciudad de Carmona de novela negra (segunda convocatoria) por su novela Nadie ama a un policía (Almuzara, 2007). La trama recorre el derrotero investigador de un «quemado», marchito y desengañado expolicía (el «cana» Gotán, alias de un Pablo Martinelli reducido a la condición de vendedor de sanitarios). El escenario, la ruta de Bahía Blanca a Buenos Aires en pos de un asesino en serie.
Pronto se deja ver que la línea de la trama se entrecorta una y otra vez para dejar paso no ya a una serie de digresiones del narrador-protagonista, digresiones que son un ensartado de invectivas sobre el triste espectáculo de la vida argentina: desde los desmanes de los poderes políticos y económicos hasta la corrupción generalizada, pasando por el trágico destino del país y el descrédito y desarraigo de sus ciudadanos y su hastío frente a tanta inmoralidad y tanto hueco verbalismo. Así, el destartalado grupo de investigadores que no deja de dar palos de ciego alterna sus infructuosas pesquisas con los numerosos pasajes que hacen de Nadie ama a un policía una novela de alcance político, de denuncia social y de testimonio de mil y un desencantos y conciencia de derrota, de imposible regeneración moral del país, de irrefrenable tristeza y desengaño.
Un duro y agresivo coloquialismos vertido en un fraseo intenso, elaborado con heterogéneos materiales, da relieve textual a esta novela de laxa estructura que nos lleva a no pocos sórdidos subterráneos y, aun con el empeño en contra, a una sentida pasión argentina, a una no contenida angustia por el país. La permeabilidad del género acoge aquí una mirada indagadora y revisionista que se pierde por los laberintos del crimen en esta ambiciosa novela de un maduro y lúcido escritor.