Cine y televisión
Por Guzmán Urrero Peña
Novelas poemáticas de la vida española. Ese es el rótulo bajo el que Ramón Pérez de Ayala reunió el ciclo que componen Luz de domingo, Prometeo y La caída de los limones (1916). Pese a lo difícil del empeño, José Luis Garci ha decidido adaptar al cine la primera de ellas —más que una novela, un relato extenso—, y lo ha hecho con las cualidades que ya son marca de la casa: estilo reposado, diálogos cuidadosamente construidos y un buen plantel de actores.
«El haber hecho Luz de domingo —nos dice Garci durante la presentación de esta película— se debe a que, hace muchos años, casi treinta, un periodista que falleció el año pasado, Carlos Luis Álvarez, Cándido, me dio la idea de adaptar el texto de Pérez de Ayala. «Tendrías que hacer Luz de domingo», me dijo, y yo le contesté “Es difícil, porque Pérez de Ayala es muy complicado de llevar al cine”. Cándido creía que esta sería una película muy española. Un reflejo muy claro de lo que vino dos décadas después, con la Guerra Civil».
En la película vuelve a ponerse en escena la España de los caciques, capaces de cualquier tropelía con el fin de conservar sus privilegios. Es cierto que el guión resume el destino de nuestro siglo xx, con dos facciones enfrentadas como esos dos combatientes que, en el famoso cuadro de Goya, pelean a garrotazos con las piernas enterradas.
La cinta de Garci tiene a su favor un espléndido reparto. Encabezan la función dos formidables veteranos, Alfredo Landa y Carlos Larrañaga, arropados por compañeros tan eficaces como Kiti Manver, Manuel Galiana y Francisco Algora.
Cuando pregunto a Garci por su relación con Pérez de Ayala, sale a relucir la complicada gestión del libreto. «Horacio Valcárcel —me responde— ha escrito la película conmigo, y él puede hablar de la adaptación tanto o mejor que yo. En realidad, hemos hecho una especie de refundición de lo que es el mundo de Pérez de Ayala. El protagonista, por ejemplo, se llama de una manera distinta. Se llama Urbano, que es el protagonista de una de las obras que más me gustan de este escritor: Los trabajos de Urbano y Simona».
Ya hace tiempo que el director español vuelve su mirada hacia el pasado. Créanme, le entiendo bien cuando justifica su postura. «No es que yo haya perdido las ganas de reflejar el presente —explica—, pero sí he llegado a una conclusión, y es que creo que para reflejar el presente hay que hacer como los pintores. Conviene dar un par de pasos atrás, y tomar perspectiva».