Literatura
Por Luis Alonso Girgado1
Instituido hace ya algunos años, irregular en su trayectoria (en lo que se refiere a su calidad), itinerante editorialmente y concedido por el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón, el Premio de Novela «Las dos orillas» correspondiente a 2005 ha tardado dos años en ver la luz (que no es poco tardar estos tiempos) y le ha sido concedido a la argentina de Córdoba que es Eugenia Almeida por El colectivo, por cierto su primera novela.
Periodista y profesora de literatura, la autora de El colectivo (2007) no ha tenido reparo en ir, una vez más, al superpoblado territorio de la trágica vida reciente de su país y más exactamente al último aldabonazo de la dictadura militar, lo que nos lleva a una novela testimonial y denunciadora; una novela que refleja un ideario de izquierdas, que posee un indudable alcance político y que se desarrolla, en cuanto a la visión de los hechos, como una fábula kafkiana, como un relato de misterio con su dosis de suspense y su toque de absurdo.
La sorprendente e inexplicable interrupción de los medios públicos de un pequeño pueblo, el proceso de cerco y aislamiento subsiguientes son el desencadenante de una acción narrativa que va hurgando en las vidas quebradas, frustradas, monótonas de sus habitantes, con especial atención al personaje de Ponce, arquetipo del fracaso existencial, para abrirse por fin a lo que es un crimen de Estado que implica al ejército y delata la realidad de la lucha armada con su estela de asesinados y desaparecidos.
Acierta la escritora no ya en meterse en un mundo rural dominado por el inmovilismo y la perversión moral, envilecido por los prejuicios, sino sobre todo en forjar con bien gradualizada intensidad, lo irrespirable de esa atmósfera a través de los diálogos del grupo de personajes del pueblo y de la paulatina ruptura de su mutismo. Y acierta también en la forja de una trama de sólida estructura que parece perder pie con la historia del abogado Ponce, pero que se reinstala pronto en la conmoción del pueblo, en la incertidumbre, en la asfixiante ignorancia de lo que ocurre y en la culpable connivencia con el poder, en su mezquina actitud de ignorar la realidad, con la excepción acaso de Marta.
En el trazado físico de esta opresora geografía narrativa hay más de un símbolo. Su catadura colectiva, en términos de moral individual o colectiva, nos recuerda parejas geografías de Antonio dal Masseto por citar sólo un nombre. El lenguaje narrativo tiene un componente intencional y expresivo de carácter alusivo, pero se concreta en diálogos secos, ágiles, rápidos y en una prosa eficaz por contundente, lacónica, cincelada en su léxico y en su fraseo. El lenguaje, en definitiva, vela más de lo que revela una realidad violenta y amenazadora, amparada en el miedo y aceptada por la colectividad, por un pueblo anquilosado en la rutina de los prejuicios y los convencionalismos, de la insolidaridad, y de los ultrajes del poder. Con El colectivo se pone una sólida y muy estimable apoyatura a la construcción de la narrativa de la violencia dictatorial tan relevante en las letras argentinas. Aquí se opera por vía oblicua, indirecta, parabólica, pero de suma eficacia estética y de profundidad de visión. Buena, atractiva primera novela de Eugenia Almeida. Conste así.