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Martes, 15 de enero de 2008

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Arte / Claroscuro

¿A quién protege la Virgen bajo su manto?

Por Marta Poza Yagüe

El tema del manto, entendido como símbolo protector, es conocido y empleado desde la Antigüedad. En algunos pueblos se cobijaba bajo su vuelo al niño que acababa de ser adoptado, al igual que, entre los judíos, se envolvía con él a la novia tras la ceremonia nupcial. Avanzando en el tiempo, y convenientemente moralizado, la idea dio lugar a uno de los tipos iconográficos mariales de mayor fortuna durante los siglos xiv, xv y xvi: el de la Virgen de la Misericordia.

Ilustración. Anónimo español del siglo XV: «Nuestra Señora de Gracia y los Grandes Maestres de Montesa» (detalle)

Anónimo español del siglo xv: Nuestra Señora de Gracia y los Grandes Maestres de Montesa (detalle)
Tabla, 128 x 105 cm Núm. de inventario: 2532

Sus variantes pueden ser muchas, pero el esquema básico es siempre el mismo. Preside la composición una imagen de la Virgen que, con ambas manos, abre los extremos de su manto permitiendo ver, arremolinados bajo él, a todos sus hijos sintiéndose seguros al amparo de su protección. Éstos pueden ser únicamente una pareja de donantes, los miembros de una comunidad religiosa o hasta una nutrida representación de todos los estamentos sociales con la presencia de reyes, nobles, eclesiásticos y campesinos. Sobre su origen nos ha llegado una leyenda que, no por falsa, deja de ser bella. Cuentan que, hacia 1230, un monje cisterciense, extremadamente devoto de María como todos sus hermanos, tuvo un sueño. En él se veía transportado al Paraíso donde observó que vivían felices multitud de monjes benedictinos y premonstratenses; pero no pudo contar entre ellos a ningún cisterciense. Sorprendido, preguntó con tristeza a la Virgen si su Orden no era merecedora de tal privilegio. En ese momento, Ella abrió su manto mostrando bajo él a todos los hijos de San Bernardo que habían muerto hasta ese momento.

La idea de que una única orden religiosa fuese la preferida por la Virgen hizo reaccionar rápidamente al resto, comenzando a aflorar los testimonios que narraban la historia, en términos similares, cambiando únicamente la identidad de los bienaventurados alojados bajo la virginal capa. Hasta los Dominicos, siempre tan racionales, defenderán que su fundador había sido el primero en ser agraciado con una visión pareja. Será en los duros tiempos de la Peste Negra (mediados del siglo xiv), cuando el tema salga de los claustros, popularizándose a través de las cofradías y hermandades de penitentes y flagelantes.

En el Museo del Prado se conserva una tabla anónima, toscamente repintada en su parte superior, en la que los afortunados son los miembros de la Orden Militar de Montesa, presididos por las efigies arrodilladas de San Benito, con su tradicional hábito negro, y de San Bernardo, con el hábito albo de los cistercienses.

Procedente según algunos autores de Valencia, es muestra del Gótico Internacional practicado en la ciudad del Turia en las primeras décadas del siglo xv. Elegancia tanto en las actitudes como en los rasgos de los personajes; búsqueda de realismo en las caracterizaciones de cada uno, con un intento de individualidad en la definición de los rostros; cromatismo brillante allí donde la rígida disciplina de los hábitos lo permite y dominio absoluto del oro como fondo de la composición son sus claves pictóricas.

Ingresó en el Museo como donación del marqués de Laurencín, aceptada por el Patronato el 12 de abril de 1920.

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