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Jueves, 3 de enero de 2008

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Literatura

Un aviso: Haroldo Conti sigue con nosotros

Por Luis Alonso Girgado

Títulos como Abisinia (1985) o Los bajos del terror (1992) son hitos que hemos conocido en la dilatada trayectoria narrativa de la argentina Vlady Kociancich, de quien nos llega ahora Amores sicilianos (Ed. Seix Barral, 2007), novela de singular altura estética, de texto donde convergen elegancia, belleza y penetración analítica y de historia ceñida a un retrato de mujer, Julia, cuyo ejercicio memorialístico rescata un viaje, un mito literario (el de G. T. di Lampedusa), una obsesión (la muerte de su padre) y más de una pasión reencontrada en Sicilia, término constelado de connotaciones negativas que rodean la vida de la narradora y protagonista de esta reducida historia que discurre reiterada, envolvente, turbadora, apoyada en el doble soporte de un cuaderno de notas de viaje y del archivo de un ordenador.

Amores sicilianos es una novela que representa un minucioso trabajo textual por parte de la escritora. Su discurso narrativo se alza poderosamente a primer plano para, con puntual y detallada brillantez, bordear los complejos perfiles psicológicos y sentimentales de Julia, para meditar en el tiempo, el amor y la muerte, para mostrarnos las divergencias y contradicciones entre el vivir y nuestra vida, para enfrentarnos al dolor y al fracaso, a las adversidades e incertidumbres del destino. Todo un tratado de las más intensas pasiones humanas discurre por estas páginas de sopesada andadura, pero de muy afinada capacidad analítica. Páginas en las que el entramado de tiempo, pasión y memoria está pespunteado de referencias cultas que provienen de la literatura y de la historia, y del cine, mientras aprovecha la dualidad espacial (Italia-Buenos Aires) para incidir en temas como la emigración o configurar una visión crítica sobre algunos lamentables aspectos de la vida y la sociedad argentinas de las últimas décadas.

Dos aspectos de este Amores sicilianos nos parecen lo mejor de este atractivo ejercicio narrativo. Primero, su primor expresivo, fraguado, como dijimos, en un texto de encomiable penetración analítica en la conducta y la psicología de los protagonistas en el contexto de una trama con no pocas elipsis y silencios. Segundo, la capacidad para crear un juego de personajes (Julia, Fenner, Cavani, Osorio) de marcados y disímiles relieves y enfrentarlos a una dolorosa dinámica de interrelaciones que los destruye, los hace fracasar o, cuando menos, los marca dolorosamente mientras fluyen el tiempo y la vida con sus trágicas secuelas. El lector atento encontrará en Amores sicilianos un texto literario inusual, de los que escasean: un trabajo existencial y meditativo ciertamente intenso servido por una prosa de radical claridad, de alcance lírico por momentos, en la que se funden intensidad y equilibrio. En suma, un notable hallazgo de una escritora exigente a la que hay que conocer. Esta novela nos brinda una buena oportunidad.

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