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Martes, 23 de enero de 2007

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ARTE / Claroscuro

La diosa Fortuna

Por Marta Poza Yagüe

En la segunda mitad del siglo ii d. C., haciendo referencia a una antigua escultura griega, Pausanias nos recuerda cuáles son los principales atributos que no deben de faltar en cualquier imagen de la personificación de la fortuna: la diosa Tyche de los griegos, Fortuna entre los romanos. Estos son la cornucopia y un característico gorro en forma de torre:

Búpalo, experto en construir templos y en esculpir imágenes, que hizo una imagen de Tique para los de Esmirna, fue el primero que sepamos que la representó con un gorro sacral en la cabeza y en una mano el llamado por los griegos Cuerno de Amaltea. Él manifestó de esta forma las funciones de la diosa.

(Pausanias, Descripción de Grecia,IV, 30, 6).

La existencia de la cornucopia, cuerno de la abundancia o cuerno de Amaltea, símbolo de prosperidad y abundancia que se manifiesta en la multitud de frutos y cereales que suelen asomar por su boca, tiene su origen en una antigua leyenda mitológica. Según esta, Zeus, en su infancia, fue amamantado por la leche de una cabra llamada Axis o Amaltea. Acostumbrado a compartir con ella sus juegos, hubo un día en el que el niño, sin querer, le rompió al animal uno de sus cuernos. Recogiéndolo, se lo entregó de nuevo a su nodriza mientras le decía que, con él, podría beber y comer todo lo que quisiera porque de ambas cosas estaría siempre lleno. Por lo que al gorro torreado se refiere, este suele interpretarse, bien con el kalathos griego, cesto de frutos y ofrendas, bien con el modius latino, recipiente empleado para medir cereales. Su significado, más que con la suerte, estaba entonces vinculado a la caridad y a la confianza en la providencia. Ambos objetos, aunque no en la misma figura, aparecen combinados en una representación dúplice de Tyche-Fortuna que conserva El Prado, procedente de la Colección Real.

El grupo escultórico, datado por los expertos en época de la dinastía de los Severos (fines del siglo ii d. C.), está integrado por dos imágenes. La de mayor tamaño responde a una figura femenina de larga cabellera rizada, cuyos mechones recoge en un trabajado moño a la altura de la nuca del que se desprenden algunas guedejas que caen sobre espalda y hombros. Ataviada con túnica de rígidos pliegues que apenas dejan traducir las formas corporales subyacentes, lo más llamativo es el prominente cuerno que presenta reposado sobre el antebrazo izquierdo. El hecho de que de su boca emerja un ramillete de rosas (añadido por los restauradores en el siglo xvii) en vez de los tradicionales frutos, llevó durante mucho tiempo a su errónea identificación con Flora en vez de con Fortuna.

Dispuesta junto a su costado, una columna presenta adosada en su frente la imagen, mucho más pequeña, de otra segunda personificación femenina de carácter arcaizante. Rigurosamente frontal, sin atisbo de expresión en el rostro, tocada por un sumario peinado de esquemáticos rizos paralelos a modo de casquete y ataviada con una manteleta cruzada sobre el pecho, su aspecto recuerda al de las antiguas korai griegas. Este arcaísmo, tradicional en las representaciones de Isis, llevó a considerar esta estatuilla como figuración de la diosa egipcia. Pero la presencia sobre su cabeza del característico gorro torreado nos indica, de nuevo, que estamos ante una segunda efigie de Fortuna.

El grupo, antes de llegar a España en época de Felipe V, perteneció, como otros muchos, a la colección romana de Cristina de Suecia.

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