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Uruguayos: Hugo Fontana y Mauricio Ronsencof*


Jueves, 18 de enero de 2007


Por Luis Alonso Girgado
   

Entre lo más interesante de la producción narrativa uruguaya del pasado 2005, la crítica ha destacado estas dos novelas: El príncipe del azafrán (Planeta, 2005), de Hugo Fontana, de quien la editorial Lengua de Trapo editó Veneno, pero cuya trayectoria novelística —seis novelas en total— se iniciaba en 1999 con El crimen de Toledo, y El barrio era una fiesta (Alfaguara, 2005) del bien conocido Mauricio Rosencof, antiguo dirigente tupamaro con trece implacables años de cárcel a cuestas y una dilatadísima obra en los terrenos periodístico, teatral, poético, cuentístico y novelesco.

«Sr. vecino: Su perro se despierta a las ocho de la noche y ladra hasta el amanecer». Este es el recurrente encabezamiento de la serie de cartas que el delirante obeso (ciento y pico de metros de cintura) Obdulio Ariel, narrador y protagonista de El príncipe del azafrán, escribe a su vecino, a quien hace su interlocutor cómplice para contarle la pequeña crónica de su estrafalaria y rutinaria vida, ya retornado a su pueblo con su no menos estrafalaria y grotesca familia.

A una sola voz, la de su protagonista, erigido en eje del discurso y epicentro de un abigarrado cosmos narrativo inspirado en un Uruguay en crisis a fuerza de unos políticos risibles empecinados en el engaño y en la perpetuación en el poder, Hugo Fontana ha escrito una novela en permanente dislocación, con materiales disímiles y opuestos, en una temporalidad frecuentemente dislocada y un reducido núcleo de personajes por el que asoma, corno presuntuoso y desvergonzado, el mismo Hugo Fontana.

Una serie de frases que tejen una estrategia de recursividad típica de la lírica y de la música pautan algunas claves determinantes de la cosmovisión de Obdulio (casi cincuentón, débil mental, buen observador atenazado por los fantasmas de su espejo, obsesivo y amedrentado con no poco de voyeur y de ingenuo), en quien pervive una permanente y siempre frustrada capacidad de superación, de esperanza, de mejora que es el guiño irónico y hasta sarcástico del escritor para con el país y su gente.

El príncipe del azafrán es una novela (un personaje, diríamos) de abierta y alta originalidad, difícil de clasificar, pero que implica una mirada entre ácida y comprensiva sobre la frágil condición humana desde una óptica distanciada que hace de los personajes seres lamentables y pequeños encerrados en el asfixiante círculo de su indefensión y su simplismo. El escritor, al dibujar este mundo variopinto, ha apostado por el exceso, por la demasía, por atirantar los trazos y ha impregnado el conjunto de una tonalidad absurda, esperpéntica y de fantástica comicidad. En suma: excelente y singularísima novela.

De su conflictiva y dramática experiencia personal y familiar (exilio, lucha armada, cárcel) ha hecho literatura Mauricio Rosencof, que se mueve en la línea de lo sencillo y popular, de lo entrañablemente humano, de la afirmación testimonial; de pulsar la emoción, la solidaridad y la ternura. En las coordenadas temáticas y expresivas de Galeano y Benedetti, pasando por Osvaldo Soriano, encontraremos a este uruguayo que hoy, desempeña un cargo de rango en la política cultural de su país mientras prosigue su obra literaria con títulos como El barrio era una fiesta, que no es sino un ejercicio enraizado en su memoria personal del barrio de Flores.

Una anécdota entre alucinante y surrealista—un grupo de tuberculosos apoyado por sus vecinos que se enfrenta a salivazos a la guardia urbana— no impide observar que esta novela desmigaja su historia en una serie de mínimas anécdotas que se van yuxtaponiendo, engarzando, progresando junto a sus protagonistas. De ellos es Menéndez, el «gallego» (asturiano de origen) apodado «el gaita», el más destacado (juntó al Negro de la Mirada) y el hilo conductor de la evocación de la Guerra Civil española, de los campos de concentración y del exilio. El hambre, la lucha por la vida y sobre todo la enfermedad son claves de esta novela fragmentaria, de protagonista colectivo, dolorosamente entrañable y áspera, no sin algún toque picaresco y hasta alguna nota edulcorada.

La escueta y entrecortada voz del narrador, con el contrapunto de un coro de voces (de manifestación ajustadamente mínima) ensamblan una narración de gran vitalidad e inmediatez expresiva canalizada en un registro verbal desgarradamente popular con elementos jergales incrustados. Buen resultado el de esta novela cuyo autor parece no querer «hacer literatura»; y sin embargo, ese escribir que quiere ser natural como caminar o respirar, requiere una maestría a la que pocos consiguen llegar. Rosencof es uno de ellos.

NOTA

* Publicado en «Nordesia», Diario de Ferrol, 5 de marzo de 2006. Volver al texto

 


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