Libros claves en la narrativa peruana (XV).
Un mundo para Julius
A partir de 1980 el Perú se verá inmerso en un clima de violencia que sacudirá a lo largo y ancho el país y conmocionará a todos los estamentos de su sociedad. Dos grupos insurgentes, Sendero Luminoso, de ideología maoísta y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, de estirpe castrista, inician sus actividades en esta década. Esto, unido a una profunda crisis económica, va a generar una larvada guerra civil que se saldará con casi sesenta y nueve mil muertos en algo más de veinte años.
Los constantes atentados en las ciudades, secuestros, el asesinato selectivo de partes de los bandos en conflicto, el abierto enfrentamiento entre las fuerzas gubernamentales y las guerrillas en las zonas rurales o la aparición de fuerzas paramilitares cambian de manera radical la vida del país y de sus habitantes.
Casi de manera inmediata la narrativa peruana va a registrar en sus textos esta situación. A mediados de la década del ochenta aparecen los primeros textos que tienen de manera explícita el tema de la violencia como argumento. La antología de cuentos sobre esta temática realizada por Mark R. Cox registra casi una veintena de autores que han publicado textos sobre la violencia entre 1986 y el año 2000. Surge de esta manera la denominada narrativa de la violencia que va a marcar la producción de las últimas generaciones de escritores peruanos.
En ella destaca el libro de cuentos Tierra de Pishtacos, de Dante Castro Arrasco, publicado en La Habana en 1993
después de haber obtenido el Premio Internacional Casa de las Américas del año anterior. La obra cuentística de este escritor recupera de la tradición narrativa peruana el deseo de ver y entender los universos ficcionales de su país desde la perspectiva longitudinal clásica: costa, sierra y selva como lo hicieron en su momento Ventura García Calderón o López Albújar. Este deseo es una constante desde su primer libro, Otorongo (1986) y define su producción.
En Tierra de Pishtacos puede verse la manera como Dante Castro traduce su visión de estas tres regiones. Cuando narra sobre la selva el narrador de los cuentos opta por una «épica de la supervivencia» que condiciona a los personajes a dominar su entorno en el plano real y mítico para poder adaptarse a ella; de lo contrario, están condenados a perecer. En la costa, que para el autor equivale a lo urbano, la «épica» está relacionada con problemas sociales como la droga o determinadas conductas sexuales, a los cuales se enfrentan los personajes para lograr la supervivencia.
Es en la sierra donde Dante Castro plantea el problema de la violencia de manera directa. De un lado las fuerzas militares o paramilitares y del otro los guerrilleros o los campesinos, que muchas veces se convierten en víctimas inocentes del conflicto. Lo que importa destacar en estos textos, más allá de la posición que adopta el autor/narrador en su visión de la violencia, es el sentido de «justicia» que encierran los argumentos que plantea. Este sentido puede resumirse de la siguiente manera: si la violencia es una realidad inevitable, es necesario asumirla con una ética y una épica que nos permita salvar en algo la dignidad humana.