ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Hay cerca del país de los Cimerios [pueblo fabuloso que vivía envuelto en tinieblas, al borde del océano], una caverna en un lugar distante y apartado, una montaña hueca, morada y santuario del perezoso Sueño, a la que Febo, ya se levante, ya esté alto o se ponga, nunca puede llegar con sus rayos...
(Ovidio, Metamorfosis, libro XI)
De este modo, un tanto tenebroso, describe Ovidio la mansión del Sueño (el Somnus de los romanos, Hipnos para los griegos), el hijo de la Noche. Virgilio aún llegará más lejos y la ubicará, directamente, en el Infierno. Sin embargo, no para todos los escritores clásicos su figura estará teñida de tintes tan negativos. Su condición de hermano de Thanatos,la Muerte, proporcionará curiosas comparaciones en las que será Hipnos el que saldrá beneficiado en su trato con los humanos. Así, Hesíodo, en su Teogonía, nos cuenta:
El sueño recorre tranquilamente la tierra y los amplios lomos del mar y es dulce para los hombres. En cambio, el corazón de la Muerte es de hierro y en su pecho alberga un alma de bronce, implacable.
Un ser tan dinámico, que pasa la noche recorriendo el orbe para conceder el descanso reparador, necesita de un medio que le posibilite el desplazamiento con la mayor rapidez posible. Unas amplias alas abiertas colocadas a ambos lados de la cabeza, aquellas alas que no hacen ruido de las que hablaba Ovidio en alusión a Morfeo, uno de los hijos de Hipnos, serán el atributo más característico de su iconografía; símbolo que, en más de una ocasión, hará que sus efigies sean confundidas con otras de Mercurio.
Sólo su arranque se ha conservado en la escultura del Prado. Ésta nos muestra el cuerpo de un joven en actitud de carrera, con una de las piernas avanzada y la otra apenas reposada sobre el extremo de los dedos del pie. La marcada diagonal que configuran esta última extremidad y su prolongación en el torso y la cabeza, significativamente inclinados hacia el frente, potencia la sensación de rapidez y de movimiento, a la vez que impone un punto de vista lateral muy marcado como el óptimo para la contemplación de la obra. Junto a la pierna que permanece apoyada, un tronco por el que juguetean pequeñas lagartijas, animales asociados al mundo de la oscuridad y de las tinieblas, nos proporciona una nueva alusión nocturna. Lamentablemente, además de las alas, también se han perdido ambos brazos, en cuyas manos debería de portar los otros dos objetos que le son propios. En la derecha, en alto y adelantada, sujetaría un pequeño cuerno desde el que derramaría las gotas de un somnífero que haría dormir a los hombres. En la izquierda, descendida y situada a la altura del glúteo correspondiente, apretaría la cabeza y el tallo de la flor de la adormidera de la que extraería el soporífero líquido. Así, al menos, sucede en el resto de las representaciones de Hipnos que nos han llegado, alguna de las cuales parece estrechamente vinculada al ejemplar de Madrid.
La talla, en mármol blanco de grano fino, parece obra romana del primer tercio del siglo ii d. C., momento en el que Roma, con el emperador Adriano a la cabeza, vuelve llamativamente sus ojos hacia las manifestaciones filosóficas y culturales de la antigua Grecia. Sobre el original que pudiera haberle servido de modelo, los investigadores se inclinan por una obra tardohelenística, dentro del último tercio del siglo ii a. C., período ecléctico en el que no era extraño que los escultores sintetizaran en una misma pieza aspectos propios de distintas etapas precedentes. Así, mientras que en la interpretación de la cabeza y peinado parece presente la huella de Praxíteles y del clasicismo del siglo iv a. C., el tratamiento muscular del resto del cuerpo responde a formulaciones plásticas del helenismo posterior.