Cine y televisión
Por Carolina Franquiz
La mujer en el cine de esta época está encorsetada en un rol muy definido del que, si sale, será siempre castigada. La palabra que cae sobre su cabeza como una lápida, es sacrificio. En las películas de ambiente taurino este rol se enfatiza aún más: la mujer es abnegada y sufridora esposa, madre, hermana o hija, cuya máxima realización es rezar por la vida de todos los hombres de su familia. Fuere cual fuere el entorno, la mayoría de los personajes femeninos parece asumir los roles impuestos sin cuestionarlos.
Por lo general es un ser muy débil que cae con facilidad en las redes del seductor y además tiene una alta capacidad reproductora, puesto que a la primera queda embarazada, de un ser que por supuesto concebirá. Se convierte, entonces, en madre soltera muy mal vista y si tenía algún derecho a ser respetada, lo pierde. Lo mismo sucede con algo tan simple como que se corra el rumor de que no es virgen porque un hombre la hizo suya. En La copla de la Dolores (1947) la protagonista es una mujer muy abierta de carácter, alegre y capaz de manejar con picardía las propuestas masculinas. Cualidades, sin embargo, que la convierten en una sinvergüenza para los demás y terminará siendo castigada por ello. Aunque ella comparta esta valoración de la virginidad, tampoco su palabra cuenta a la hora de negar la calumnia.
En muy pocas ocasiones la mujer deja de actuar y hasta de existir en función del hombre, pero tiene trampa el asunto. En Tuvo la culpa Adán (1943), una doctora que vive independientemente gracias a su carrera; sin embargo, es una persona amargada y frustrada por ser solterona.
La mujer también es capaz de sacrificar su amor por un sentido de pertenencia a una clase: si es pobre, aunque tenga pruebas fehacientes del amor del hombre hacia ella, no es capaz de competir con la pretendiente rica y se aparta del camino, prefiere la infelicidad antes que romper una relación impuesta socialmente a su amado como le ocurre a Juanita Reina en La Lola se va a los puertos (1947).
El único lugar en el que se le hace creer que tiene algún poder, o es más libre, es en el hogar. Desde muy jóvenes entienden esto y se esmeran por parecer las perfectas de casa y en cuanto se casan, automáticamente se convierten en las madres de los esposos.
Para que exista una mujer abnegada y sufridora se necesita compararla con otra, que siempre sale peor parada, y ésta es la mujer extrovertida, excéntrica y casi siempre extranjera. Si es española, entonces suele ser mayor, entrada en carnes, rica, solterona o viuda, a quien se ridiculiza.
Dentro de esta categoría de mujeres extrovertidas, existe la que no es rica de nacimiento pero aspira a serlo por todos los medios; ésta es retratada con bastante antipatía. Es una mujer materialista consciente de que su poder está en su gancho sexual, lo que no se dice claramente, pero el hombre se deja manipular por ella. Si no termina mal en la historia es porque se redime con el sacrificio.
Existe el personaje de la mujer aniñada cuya aparente vulnerabilidad es su mejor arma para atraer al hombre y se justifica este atrevimiento si el objetivo es llegar al matrimonio y formar un hogar como sucede en Ángela es así (1945).
La mujer además debe ser atractiva físicamente y ello también tiene sus normas. No se considera guapa una mujer con gafas, trajes sobrios y cabello recogido. Cuando sale un personaje así es objeto de burla. A las menos agraciadas les queda padecer celos exagerados o morir como en Marianela (1940), como una mascota abandonada. Pero ser guapa y elegir estar sola no se perdona. Una mujer sin pareja masculina es percibida como si estuviese en plena disponibilidad sexual para cualquier hombre.