ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
No es fácil mirar al siglo de oro de la pintura española y desprendernos de los grandes astros, para comprobar que hubo también buena pintura de gran calidad al margen de los más grandes, tal como se comprueba al observar por ejemplo este cuadro, recientemente adquirido, en 1992, por el Museo del Prado gracias al Legado Villaescusa.
Pedro Núñez del Valle pertenece a ese conjunto de pintores activos en la corte madrileña durante la primera mitad del siglo xvii que aparece colaborando en las empresas de la monarquía, en el Alcázar, y muy especialmente en el proyecto del Buen Retiro, impulsado por el Conde-Duque de Olivares, donde lo encontramos trabajando en la ermita de San Juan del Retiro o en el teatro del Palacio junto a Francisco Rizi. Aunque no sabemos de forma pormenorizada como fue su vida, sí es muy interesante conocer que estuvo en Roma entre 1613 y 1614, y que formó parte de la prestigiosa Academia de San Lucas, donde sin duda perfeccionó su arte, al conocer de primera mano el naturalismo de Caravaggio y el clasicismo de los Carracci o de sus seguidores, y el debate teórico existente entre ambas corrientes. Pedro Núñez reaparece de nuevo en España en la década de los veinte. Estos datos son de sumo interés si tenemos en cuenta que raramente los grandes maestros de la pintura barroca española salieron de su país para perfeccionar su arte. No lo hicieron por ejemplo ni Murillo, ni Zurbarán, ni Alonso Cano, ni Claudio Coello, y sólo entre los más geniales, Velázquez y Ribera aparecen en Italia, aunque el Españoleto no volvió. Lo interesante de la obra de Núñez del Valle, que en esta obra se hace evidente, es el equilibrio conseguido entre las dos corrientes pictóricas en boga en la Roma que él conoció, y que también consiguieron algunos artistas de gran personalidad como Guido Reni o Massimo Stanzione entre otros. Por una parte se observa el caravaggismo, aunque sólo desde un punto de vista técnico en el especial tratamiento de la luz y el claroscuro. En cambio, la composición y el tratamiento cortesano y ennoblecido de la escena en su conjunto, con los reyes, ángeles y pajes, remite a un clasicismo claro, donde la Sagrada Familia que aquí encontramos parece olvidarse de la humildad del pasaje evangélico donde se habla de una familia pobre que buscó cobijo en un establo, tal como fue en alguna ocasión representada por el propio Caravaggio.