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Martes, 24 de enero de 2006

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ARTE / Claroscuro

Nuevo Mundo y santidad

Por Marta Poza Yagüe

El 30 de agosto, el santoral católico celebra la festividad de Santa Rosa de Lima, primera santa nacida en el Nuevo Mundo que fue llevada a los altares (1671). Según cuenta una antigua historia, cuando se propuso su canonización al papa este respondió airado que no creería en la santidad de una india aunque del cielo comenzasen a llover rosas. En ese mismo instante, una lluvia de pétalos rosados comenzó a caer sobre el Vaticano, lluvia que no cesó hasta que el pontífice accedió a la petición. Sea o no sea cierta la anécdota, lo cierto es que Clemente IX debió de sentirse de algún modo presionado a su santificación porque, aún antes de que esta se decretase, Rosa de Lima ya había sido elegida popularmente como patrona, no solo de su Perú natal (desde 1669), sino de toda América Latina y de Filipinas (desde 1670).

Bautizada como Isabel, informan sus biógrafos que fue una indígena que la cuidaba quien, al ver el hermoso rostro de la niña, exclamó «que parecía una rosa», nombre con el que fue conocida a partir de aquel momento. De su vida piadosa y ascética, siempre dedicada a los pobres, enfermos y necesitados que deambulaban por las calles de Lima, nos ha llegado el testimonio de su costumbre de llevar sobre la cabeza una cinta, lisa al exterior, pero rodeada de púas metálicas en su cara interna que, a modo de corona de espinas, le recordase continuamente los padecimientos sufridos por Cristo para redención de la Humanidad.

Apenas transcurridos diez años desde su canonización, fue representada por Claudio Coello en un lienzo de grandes dimensiones. De pie, elevada sobre una ménsula a modo de pedestal como si de una estatua se tratase, y cobijada por una monumental arquitectura clasicista que permite al pintor desplegar toda su habilidad como compositor de escenarios grandilocuentes, la santa peruana aparece efigiada con los atributos habituales de su iconografía: el hábito blanco y negro de terciaria dominica y los ramos de rosas. Sobre la corona confeccionada con idénticas flores que el Niño Dios, rodeado por un aura luminosa y apoyando una de sus manos en la bola del mundo, mantiene suspendida sobre su cabeza, cuenta una leyenda que, siendo aún niña, su madre le hizo una guirnalda floral para que estuviera más guapa delante de unas visitas. Ella, para escapar a este signo de vanidad mundana, decidió clavarse en la piel una de las horquillas con las que se sujetaban las flores al cabello, soportando el dolor como penitencia. A sus pies, una pareja de angelillos sostienen un libro abierto en cuyas páginas se puede leer la frase ROSA CORDIS MEI TU MIHI SPONSA ESTO ANCILLA TVA SVM DOMINE, en clara referencia a sus desposorios místicos.

El cuadro, formando pareja con otro de Santo Domingo de Guzmán, fue pintado para la iglesia del madrileño convento del Rosario. Poco tiempo debieron de permanecer ambas obras en su emplazamiento original ya que, en 1728, aparecen citados en algunos inventarios como pertenecientes a la colección de José Francisco Sarmiento, conde de Salvatierra. Con posterioridad, pasarán sucesivamente al Museo de la Trinidad y de allí al del Prado, donde ya figuran en el catálogo de 1865.

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