ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
En esta obra anónima expuesta antiguamente en el convento madrileño de San Basilio, se ha querido ver la imagen de San Eugenio, a pesar de que copia casi de forma literal el San Ildefonso del Greco conservado en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Sea o no sea San Eugenio, la verdad es que ambos personajes están muy relacionados entre sí, ya que todo lo que sabemos de él se debe a San Ildefonso, su sucesor en la sede episcopal toledana y su primer biógrafo. Al igual que el santo del lienzo esculiarense, San Eugenio es uno de los grandes padres de la iglesia hispana, como San Isidoro, San Braulio o San Fructuoso, entre tantos otros. Oriundo de Zaragoza, su vida transcurre a lo largo del siglo vii. Profesó como monje en un monasterio aragonés donde se dedicó al estudio de las escrituras sagradas. Su fama hizo que el arzobispo zaragozano, Braulio, lo nombrase su archidiácono. Su virtud y ciencia fueron famosas en todo el reino por lo que fue nombrado en el 646 obispo de Toledo por el rey visigodo Chindasvinto, cargo que desempeñó hasta su muerte, doce años más tarde, con el nombre de Eugenio III.
Para ello fue necesario salvar la oposición de Braulio, ya que no estaba dispuesto a prescindir de los servicios de su eficiente archidiácono.
Fue gran escritor y tratadista. Aunque su obra principal es un tratado sobre la Santísima Trinidad que no ha llegado hasta nosotros, se sabe de su existencia y calidad gracias a los comentarios realizados por Ildefonso. También trabajaba para el propio monarca, que le encomendó la corrección del Hexamerón, tratado donde se cuenta la historia de la creación, escrito por Emilio Blosio Draconcio, autor eclesiástico del siglo v, nacido en el norte de África o España. Aunque igualmente conocemos alguna de sus cartas, la mayor parte de su obra literaria conservada es de carácter poético. Entre sus alumnos aventajados se encuentra San Julián que llegaría a ser arzobispo de Toledo. Sabemos que estuvo muy interesado en la reforma del clero y por el cántico litúrgico de la iglesia hispana. Concluyó el séptimo concilio de Toledo iniciado por Eugenio II, y convocó los dos siguientes. En definitiva nos hallamos ante una de esas personalidades responsables del florecimiento del reino visigodo de Toledo del siglo vii, aún tan poco conocido en tantos aspectos, heredero y continuador del rico mundo cultural tardo antiguo desarrollado en la Hispania romana.