ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Juan de la Corte, de quien se supone un origen flamenco a pesar del nombre, se formó en círculos manieristas. Hacia 1613 se instaló en Madrid, con sólo dieciséis años, y comenzó a pintar para la corte aunque nunca fue, al parecer, «pintor del rey». En esta ciudad murió en 1660, el mismo año que Velázquez. Juan de la Corte era, según él mismo hace constar en un escrito de 1627, pintor de «arquitecturas, batallas y países».
La pintura de arquitecturas, al igual que el paisaje, fue muy demandada en el siglo xvii en España para la decoración de las residencias reales. Salvo excepciones, entre las cuales se encuentra Velázquez, la mayor parte de los pintores utilizaban la arquitectura como escenario de sus obras. Sin embargo, Juan de la Corte o Francisco Collantes (1599-1656) convirtieron esos fondos arquitectónicos en los protagonistas absolutos de las composiciones, relegando a lo anecdótico las escenas que tenían lugar en ellos. Los pintores especializados en este género necesitaban, en mayor medida que el resto, tener conocimientos de arquitectura. Utilizaban manuales con dibujos arquitectónicos, de proporciones, de motivos decorativos o de distintos tipos de edificios. Las colecciones de grabados y estampas, los tratados de arquitectura de Vitrubio, Palladio, Alberti o Vignola, o los tratados de geometría y perspectiva, como el del flamenco Vredeman de Vries —cuyas estampas usó de la corte a menudo—, formaban parte de las bibliotecas de los pintores más cultivados. También encontraban modelos en los aparatos efímeros y las arquitecturas fingidas, así como en los cuadros de la colección real (Tiziano, Veronés, Tintoretto, Rubens o Van Dyck mostraron un particular interés por los fondos arquitectónicos).
Los temas escogidos, en su mayoría mitológicos y bíblicos, eran meros pretextos para realizar impactantes escenografías arquitectónicas, en las que solían mezclarse los estilos (tardogótico, manierismo, clasicismo). La destrucción de Troya fue uno de los motivos más frecuentes; Juan de la Corte realizó, entre otras muchas, esta versión destinada al Palacio del Buen Retiro —de donde llegó asimismo al Prado otra del citado Francisco Collantes—. Unos diminutos griegos y troyanos luchan en una ciudad irreal e incendiada, con edificios monumentales dispuestos en perspectiva fugada. A la izquierda vemos la escena, relatada por Virgilio en su Eneida, de la huída de Eneas con Anquises, su padre, a hombros, y con su esposa Creúsa que lleva de la mano a Ascanio.
No puede descartarse que la historia de Troya tuviera una lectura política en esos momentos y en ese contexto palatino. Recordemos que las pinturas del Salón de Reinos del Palacio del Retiro exaltaban las victorias españolas en Flandes y que muchos poetas dedicaron sus versos a la toma de Breda, acaecida en 1625. Lope de Vega recordaba a Virgilio en una obra compuesta en honor del Marqués de Spínola, mientras que Quevedo, siempre mordaz, dedicó un soneto al mismo Spínola pero tras la pérdida de la plaza que éste había conquistado en 1637:
Lo que en Troya pudieron las traiciones
Sinón y Ulises y el caballo duro,
pudo de Ostende en el soberbio muro
tu espada, acaudillando tus legiones.
[...]