Centro Virtual Cervantes

Rinconete > Arte
Martes, 13 de enero de 2004

Rinconete

Buscar en Rinconete

ARTE / Claroscuro

Fauno

Por Marta Poza Yagüe

Compartiendo en origen muchas de las características propias de los sátiros como sus rasgos híbridos mitad hombre, mitad cabra, su gusto desmesurado por el vino, su amor a la música, y su proverbial lascivia, estos aspectos serán la causa que lleve al humanista italiano Alciato a elegirlos como expresión de la Lujuria cuando componga su libro de Emblemas (Emblema LXXII):

Fauno, con pies de cabra, ceñidas las sienes con escarola, es buen símbolo de la desenfrenada Venus. La escarola es lúbrica, y el macho cabrío símbolo de la lujuria...

Miembros también del cortejo de Dionisos, el ejemplar del Prado es la escultura de uno de estos faunos que traslada sobre sus hombros al chivo que se dispone a sacrificar en honor del dios del vino.

Como sucede con el Sátiro de Praxíteles, y salvo por los dos pequeños cuernos que nacen de su frente, nada en su anatomía recuerda su naturaleza híbrida. Al contrario, en un primer golpe de vista podríamos pensar, sin duda, que nos encontramos ante la simple imagen de un joven pastor que transporta uno de los animales de su rebaño.

El grupo presenta numerosos puntos de contacto con la escultura helenística desarrollada en la Escuela de Pérgamo durante el reinado de Atalo I, en el siglo ii a. C., hasta el punto de atribuirse esta procedencia para el original perdido, copiado con posterioridad por artistas romanos del siglo ii d. C.

La composición se inscribe dentro de una estructura piramidal, dibujada por la propia posición del personaje. En actitud de marcha, la pierna izquierda, dibujando una profunda diagonal, rompe el espacio. No es este el único detalle que acentúa la tridimensionalidad de la imagen. Sólo rodeando la escultura se pueden apreciar todos los matices: desde el movimiento del cuerpo del animal que pretende liberarse como intuyendo su dramático destino, hasta la naturaleza del arma encargada de ejecutar el sacrificio. De emoción aún contenida, el sentimiento se hace presente, sin embargo, en los cabellos alborotados y en la cabeza alzada con los ojos muy abiertos, que no dejan de recordar a los de las Ménades danzantes en pleno éxtasis que saldrán por los mismos años de estos mismos talleres pergamenos.

La obra apareció a finales del siglo xvi en Roma, enterrada junto a otros fragmentos escultóricos de la Antigüedad, cuando se procedió a la apertura de una calle junto a la iglesia de Santa María in Vallicella. Restaurada por Ercole Ferrata, discípulo de Bernini, pasó a engrosar la colección de Cristina de Suecia. Como el resto de esculturas pertenecientes a la reina sueca, llegó a España durante el reinado de Felipe V e Isabel de Farnesio (ca. 1724), quienes la destinaron a la decoración del palacio que se estaban construyendo por aquellos años en La Granja de San Ildefonso. Desde allí, ya en el siglo xix, pasaría al Museo del Prado.

Ver todos los artículos de «Claroscuro»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es