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Viernes, 2 de enero de 2004

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Ciencia y técnica

9. Severo Ochoa

Por Arturo Montenegro

Pocos científicos españoles han merecido tanta atención por parte de los medios masivos como Severo Ochoa. Sin embargo, más allá de esta sobreabundancia, cuando reunía la mínima documentación para hilvanar estas líneas, me pregunté hasta qué punto yo mismo conocía el detalle de su empresa científica, los aspectos más lucidos de tal obra y, apurando esa duda mía, el prodigio que obró el sabio en su laboratorio para merecer semejante devoción. Ahí es donde caí en la cuenta de que todo cuanto sé de la carrera de Ochoa lo conozco a través de artículos periodísticos, por lo común referentes al último tramo de su existencia. De modo que en los siguientes párrafos voy a tratar de resumir algún hallazgo nuevo para mí, pequeños asombros que tiempo atrás se me escaparon, y que desde luego, ignoraba cuando, sin pretensión alguna, me atreví a saludar al maestro una noche en el Auditorio madrileño, durante la pausa de un concierto al que ambos asistimos como público en 1989. Y aunque esto último no es relevante, lo consigno aquí por una simple razón: dar testimonio de la bonhomía de aquel anciano, seguramente divertido ante mi timidez y sin duda generoso al soportar un acercamiento nada protocolario. Supe entonces por qué la prensa se entusiasmaba con el doctor, y es que a los prestigios de su currículo sumaba una dignidad caballerosa y ese aire romántico, sin duda conmovedor, de viudo inconsolable.

De otro lado, si hemos de aplaudir la fuerza de la voluntad, nada mejor que la biografía de este personaje para confirmar dicha cualidad. Veamos por qué. Nacido en Luarca y fallecido en Madrid (1905-1993), Ochoa obtuvo su licenciatura en 1929, luego de haber contado entre sus maestros a don Carlos Jiménez Díaz. Tras una fructífera experiencia en hospitales y laboratorios germanos, aceptó en 1935 una importante responsabilidad como director de la Sección de Fisiología del madrileño Instituto de Investigaciones Médicas. Como tantos otros, abandonó España cuando ésta inició una guerra contra sí misma, y trató de hacer llevadero su exilio en Alemania y el Reino Unido. Guardando un buen recuerdo de Instituto de Bioquímica de la Universidad de Oxford, partió hacia Estados Unidos en 1941.

Ya interesado por el misterio de las enzimas, se convirtió en profesor y director del departamento de Farmacología de la Universidad de Nueva York. Posteriormente, en 1952, pasó a formar parte del departamento de Bioquímica de la Facultad de Medicina. Cuatro años después, el país de acogida premiaba su entrega otorgándole la carta de nacionalidad. De ahí en adelante, su gratitud hacia los estadounidenses fue un sentimiento renovado año tras año.

Con un idóneo apoyo institucional, el doctor Ochoa reprodujo experimentalmente diversos procesos de la vida, vislumbrando los principios de ésta bajo el microscopio, anotándolos luego mediante los signos herméticos del carbono. Y como la eternidad perdura en los ciclos metabólicos, a cada instante dio con nuevos rincones de ese laberinto arborescente, admirable hasta en sus minucias. Al final, hay que atribuir su victoria a un logro alquímico que resume otras tantas vicisitudes: la síntesis del ácido ribonucleico, promovida por medio de unos enzimas de estirpe bacteriana. Tras recibir en 1959 el Premio Nobel de medicina y fisiología, Severo Ochoa prosiguió sus indagaciones sobre el ADN, desvelando el código genético de los aminoácidos.

Si el triunfo constase tan sólo de glorias profesionales, nadie sería más digno de envidia que el científico español. Pero la felicidad es un hilo frágil, y Ochoa sintió que esa fibra se desbarataba en 1986, tras la muerte de su esposa. Al quedar sin la más querida compañera, no hay duda de que las fuerzas le fallaron al doctor, y ni siquiera sirvieron de consuelo los homenajes que le tributaron tras su regreso a España. Entristecido por la ausencia, una neumonía acabó con sus días en 1993. De hacer caso a algunas de sus últimas declaraciones, hemos de interpretar esa dolencia como un fenómeno liberador en la etapa final de ese viaje, la vida, que tan exhaustivamente llegó a comprender.

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