Lengua / Tópica
Por Jairo J. García Sánchez
Tras el comentario anterior sobre los topónimos Santander, Santillana del Mar y Santoña, hagiotopónimos en los que todavía se puede observar claramente el título de santidad San(t), pasamos a analizar ahora los nombres de otras tres poblaciones cántabras.
El topónimo Torrelavega no tiene mayor misterio que el de una Torre de la Vega, pues ése fue el nombre con el que se pasó a denominar la población tras la construcción de una torre junto a la antigua iglesia por iniciativa de la madre del Marqués de Santillana, doña Leonor de la Vega, cuya familia había recibido el apellido de la población. El nombre inicial responde a la situación del primitivo lugar junto al río; esto es, era La Vega, apelativo muy corriente en toponimia.
Laredo y su antiguo puerto se levantaron sobre un terreno arenoso y de grava, por lo que no nos debe extrañar que el nombre signifique precisamente cantorral, guijarral o lugar abundante en cascajo o arena. El topónimo es el resultado de la evolución fonética del latín GLARETVM, derivado colectivo o abundancial a partir de GLAREA grava, arena.
El último de los topónimos de Cantabria que vamos a ver es un ejemplo notorio de la alteración que, fuera ya de la normal evolución fonética, experimentan a veces los nombres de los lugares, y que supone siempre una dificultad añadida para hallar su correcto y verdadero origen. Reinosa no debe su nombre a ningún rey o reina, como a simple vista se podría imaginar, sino, muy al contrario, a haber sido un lugar abundante en ranas, ya que en principio el nombre era Ranosa, pero pasó a Renosa por la frecuencia del prefijo re- (como ha sucedido en renacuajo) y acabó por adoptar la forma Reinosa debido a la vacilación entre re- y rey. Se repite la historia —o el cuento— y de nuevo la rana, esta vez por un beso toponímico, acaba convirtiéndose en príncipe o, mejor aún, en rey.