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Miércoles, 22 de enero de 2003

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Lengua / Tópica

Cantabria y sus topónimos (I)

Por Jairo J. García Sánchez

Cantabria, Santander, Santillana del Mar, Santoña

Iniciamos aquí un interesante recorrido por la historia de los pueblos y las ciudades de España, en el que vamos a acercarnos al origen y a la motivación de algunos de los nombres de las poblaciones españolas más importantes. Hemos de tener presente que los topónimos nos ayudan a conocer mejor los lugares que denominan, porque el proceso de designación y el nombre mismo están ligados a su historia, a su geografía y a su particular existencia. Comprobémoslo, para empezar, con algunos de los más renombrados topónimos de la actual región de Cantabria.

Precisamente, el nombre de Cantabria, aunque de imposición relativamente moderna, para designar la comunidad autónoma, se remonta muy atrás en el tiempo. Cantabria es un derivado a partir del étnico cantabri, con el que los romanos llamaban a los antiguos habitantes de estas tierras norteñas, y que equivaldría en su lengua prerromana a ‘habitantes de las peñas’ o ‘montañeses’. Cantábrico, en sus distintas aplicaciones (mar, cordillera...) es a su vez un derivado de Cantabria, tierra de los cantabri o cántabros.

El nombre de la capital, Santander, tiene un origen más reciente, pues, a pesar de su aspecto poco transparente, hoy no se tienen dudas acerca de su motivación religiosa. Santander fue en origen (Monasterium) Sancti Emeterii, es decir, respondía al nombre del ‘Monasterio de San Emeterio’. Hay que entender que cuando un apelativo, nombre común o sintagma se fija o establece como topónimo, el significado se pierde porque la denominación, verdadera función del nombre de lugar, pasa a ser lo único que importa. La elipsis, la aglutinación y esa evolución fonética son al mismo tiempo causa y consecuencia de ese proceso.

Otros hagiotopónimos similares —ya que así se suelen denominar en la terminología del toponimista a aquellos vocablos del léxico religioso convertidos en topónimos— son, por un lado, Santillana del Mar, a partir del nombre de la titular de su iglesia, Santa Juliana, esto es, ‘(Ecclesiae) Sanctae Iulianae’, al que se añadió posteriormente el complemento toponímico del Mar para precisar su situación y poder distinguirla de otras poblaciones homónimas no lejanas, y por otro, Santoña, nombre del monte (Monte de San Antonio) —concertado con un hipotético peña— que servía de referencia a los navegantes, y que sustituyó al antiguo nombre de Puerto de Santa María, también hagiotopónimo, con el que antes se había designado a esta preciosa población.

Estoy seguro de que el gusanillo de la toponimia les habrá picado ya la curiosidad, pero no tenemos más remedio que dejar para una futura ocasión la explicación de otros topónimos cántabros, como Torrelavega, Laredo o Reinosa, igual o más interesantes que los aquí vistos. Insisto en la idea inicial: la toponimia nos descubre aspectos, no pocas veces insospechados, de los lugares a los que se da nombre. ¿Quieren descubrirlos conmigo?

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