ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
La animada y abarrotada escena fue pintada por Luis Paret en 1767. Representa un baile de máscaras en el Teatro del Príncipe. El joven Paret (1746-1798/9) muestra en este pequeño lienzo, una de sus mejores obras tempranas, cualidades de miniaturista: las lámparas, los palcos, el escenario del teatro, los llamativos disfraces y máscaras del público..., todo aparece representado con gran detalle, lo que hoy nos permite hacernos una idea de cómo eran las diversiones del Madrid del siglo xviii. En 1771, el Rey encargó que se hiciera un grabado de este cuadro con la intención de enviarlo a Italia para dar cuenta de los acontecimientos lúdicos celebrados en la villa y corte.
En Madrid existían tres teatros populares: el de los Caños del Peral, donde se representaban óperas italianas, y los de la Cruz y del Príncipe, donde se representaban comedias. Hasta la renovación del género con Leandro Fernández de Moratín o Tomás de Iriarte, en el último cuarto de ese siglo, las comedias ofrecidas eran de autores del Siglo de Oro amenizadas con entremeses y sainetes populares de tanto éxito como los de Ramón de la Cruz.
Las representaciones eran de lo más pintorescas y animadas. Los espectadores de cada teatro tenían un nombre propio y se encargaban de defender a la compañía de actores y a los dramaturgos que estrenaban en su feudo, mofándose de los adversarios. Los «panduros» eran quienes acudían al de los Caños. Los del Teatro de la Cruz se llamaban «polacos» porque estaban capitaneados por el fraile trinitario P. Polaco, un mordaz crítico. Otro fraile, el franciscano Marco Ocaña, solía sentarse cerca del escenario para hacer chistes y juegos de palabras con las réplicas de los actores al tiempo que imitaba sus gestos, lo que provocaba la hilaridad del público. En cuanto a los espectadores del Teatro del Príncipe, se llamaban «chorizos» porque un día el guardarropa olvidó poner en escena los chorizos que debía comerse un personaje. En los autos sacramentales, por ejemplo, los personajes sagrados acababan siendo objeto de escarnio e irreverencia, lo que llevó a su prohibición en 1765.
Las localidades más baratas eran las de patio, donde había que estar de pie. Alrededor de éste había gradas y corredores y, en la parte posterior, la zona reservada a las mujeres, llamada «cazuela». En la «luneta», los asientos situados cerca del escenario, se colocaban los más pudientes. Los palcos o «aposentos», como los representados por Paret, eran el único lugar donde podían mezclarse mujeres y hombres. Por último en la «tertulia», la zona más alta, se sentaba la «gente de sotana». El martes de Carnaval marcaba el final del año cómico, que había comenzado el domingo de Resurrección del año anterior. El baile de máscaras era uno de los escasos bailes populares permitidos antes de que Carlos III y el conde de Aranda instituyeran los bailes públicos en 1775.