ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Extraña Epifanía la que hoy presentamos, como lo son casi todas las obras de este pintor flamenco llamado El Bosco (1450-1516). De su vida enigmática y del complejo significado de sus obras se dieron algunas pistas en el Claroscuro dedicado a El carro de heno. Este tríptico fue pintado en 1500, en su etapa de madurez. En la tabla central transcurre la Adoración de los Magos, escena observada por los donantes arrodillados que ocupan las tablas laterales. Un paisaje común, con una ciudad fantástica al fondo, y una misma línea de horizonte dan unidad a las tres tablas. En los postigos cerrados encontramos la Misa de San Gregorio, pintada en grisalla. Según el detallado análisis de los especialistas, El Bosco presenta en el Tríptico motivos extraídos del Antiguo Testamento que sirven de anuncio a la propia Epifanía y elementos del Nuevo y del Antiguo Testamento alusivos a la Eucaristía. En la tabla de la izquierda el donante está acompañado por San Pedro. Tras ellos aparece San José secando los pañales del Niño. El Bosco no recoge en este punto la inquietud de la iglesia, que en esos momentos trataba de revalorizar la imagen de San José y recomendaba representarle en actitudes menos «domésticas». En la tabla de la derecha, junto a la donante está Santa Inés.
Tanto los atuendos como las ofrendas de los tres Reyes son de un lujo y de una fantasía desbordantes y, al mismo tiempo, portan multitud de significados ocultos. Así, la escena bordada en la mantellina del rey Gaspar presenta a la reina de Saba entregando sus regalos al rey Salomón, evidente prototipo de la Epifanía, donde Salomón es identificado con Jesús. Ante Gaspar y Melchor, en el suelo, hay dos extraordinarias piezas de orfebrería para ser entregadas al Niño. Se trata de un casco con varios emblemas y un diminuto grupo escultórico del sacrificio de Isaac, que prefigura la pasión y muerte de Cristo. En cuanto a Baltasar, de pie y vestido con una estrambótica capa blanca, lleva en su mano un pomo coronado por un águila y en cuya superficie también se representa una ofrenda. El águila es símbolo de la resurrección y el alimento que picotea alude a la Eucaristía. Por último, hay que referirse a la diabólica figura que se asoma a la puerta del vacilante pesebre. Se trataría de un loco, de un leproso, como parece indicarlo la campanilla que porta, pero que aquí podría simbolizar al Anticristo. El paisaje de fondo está poblado por campesinos, un ejército que parece dirigirse a la ciudad (¿el mandado por Herodes para buscar al Niño Jesús?) y otros personajes en actitudes violentas que seguramente encarnan el mal y la idolatría presentes en el mundo antes del nacimiento de Cristo.