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Martes, 22 de enero de 2002

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ARTE / Claroscuro

¡Vaya romería!

Por Susana Calvo Capilla

En las guías suele calificarse este cuadro del pintor levantino José Camarón (1730-1803) como una «deliciosa escena costumbrista», una «exquisita obra rococó» donde el autor muestra todo el refinamiento decorativo de la época. Sin embargo, a los ojos de un espectador actual, la obra, sin dejar de ser todo eso, nos parece de una redomada cursilería. Dos currutacos o petimetres (del francés petit maître,señorito), como se llamaba en el siglo xviii a estos relamidos personajes de la alta sociedad, danzan en un jardín ante otras damiselas.

Lechuguinos de tanto refinamiento sólo se encontraban entre las clases nobles y las nuevas clases adineradas donde la apariencia y la ostentación, tanto de riqueza como de cultura, eran la máxima aspiración. Seguían la moda con verdadera fruición, sobre todo la francesa, ¡faltaba plus!: el vestido, el peinado, el lunar pintado en la mejilla. En cuanto a la cultura, era de rigor quedar bien en las tertulias de los Salones, saber o no era lo de menos, lo importante era aparentar que se sabía. En 1772 José Cadalso ironizaba sobre esta falsa erudición y esas absurdas conversaciones en un libro titulado Los eruditos de la Violeta, o curso completo de todas las ciencias, dividido en siete lecciones para los siete días de la semana. Publícase en obsequio de los que pretenden saber mucho estudiando poco.

Otros signos de elegancia y de ostentación en esta sociedad de escaparate eran la danza y la música. Una familia de altas pretensiones debía tener un maestro de música y otro de danza para sus hijos e hijas. Conocer el «arte de danzar a la francesa» era una parte ineludible de la educación de las señoritas:

Las mujeres de mérito y crianza
útiles al estado y de talento,
deben, según del uso la ordenanza,
saber cantar, tocar un instrumento.
Quien no sabe un minué, una contradanza,
bailar con resalado movimiento
la decente alemanda con sus muecas,
mujercilla será de las Batuecas.

(Alejo de Dueñas, La crianza mujeril al uso, 1786.)

Todos estos bailes tenían pasos muy complicados, como indican los aspavientos y la vacilación de los personajes principales del cuadro, que para mantener el equilibrio sobre sus diminutos piececitos abren los brazos como si de alas se tratara; en cuanto a sus discretos sombreros, quizá servían de contrapeso. Aunque el recato del pintor no lo muestre aquí, la danza también era un medio pintiparado para el galanteo y el sobo consentidos. Cuando Carlos III y su ministro el conde Aranda decidieron «democratizar» las diversiones instituyendo los bailes públicos (hacia 1775), tanto la ostentación como el coqueteo se extendieron a otros estratos de la sociedad. No obstante, a finales de siglo, como reacción popular a esa omnipresente moda francesa y a tanto amaneramiento surgió un nuevo fenómeno entre las clases medias, pronto adoptado también por la aristocracia: era el majismo. Madrid se llenó de majos y majas que bailaban seguidillas, fandangos y zarabandas con descaro castizo. Pero de ellos hablaremos en otra ocasión.

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