Cine y televisión
Por Lisandro Duque Naranjo
En los años ochenta, aquí en Colombia, cinco cineastas se encontraban con el agua al cuello por culpa de sus deudas con el Instituto de Cinematografía (FOCINE). Esta entidad, cuatro años antes, les había otorgado sendos créditos millonarios para sus películas, pero éstas se habían quedado sin exhibirse, por culpa de la carencia de mecanismos coercitivos de la empresa estatal frente a las cadenas de exhibición. No era justo entonces que el Estado, a la desidia de dejarlos abandonados en la mitad del remolino, le agregara la sevicia de ejecutarles el cobro, con intereses, condenándolos a la ruina y tal vez esclavizándolos de por vida. Los cinco cineastas, desesperados, casi estaban a punto de irse al monte. Al montepío, se entiende. Sus colegas, entonces, emprendimos una campaña para solicitar que FOCINE les recibiera en pago las copias de sus respectivas películas —que ya la empresa estatal vería cómo las explotaba comercialmente— y les condonara la deuda. Estas jornadas se recuerdan en la cinematografía colombiana con el nombre de «Amnistía para los cineastas».
Simultáneamente, la dirección guerrillera del M-19, presa en su casi totalidad en la cárcel de La Picota, negociaba su propia amnistía con el gobierno del presidente Belisario Betancur. Uno de estos dirigentes guerrilleros, Carlos Duplat, ya había tomado la decisión de reinsertarse a la actividad fílmica tan pronto fuera puesto en libertad y hubiera recibido los beneficios de la amnistía política. Duplat tenía antecedentes muy meritorios como artista. Había sido, antes de enrolarse a la guerrilla, escritor, director de teatro y documentalista de cine. La amnistía para los guerrilleros ocurrió antes que la de los cineastas, así que Duplat se presentó a FOCINE con su hoja de vida y su filmografía, para protocolizar su proyecto de empuñar la cámara y colgar las armas. Esta decisión terminó convirtiéndolo, con el paso de los años, en uno de los profesionales audiovisuales más competentes. Hoy en día, Carlos Duplat cuenta con una de las videografías más brillantes y dignas entre las de la pantalla latinoamericana.
Su llegada a FOCINE, una tarde de 1984, para inaugurar una nueva vida, ocurrió de la siguiente manera: la funcionaria que lo atendió le preguntó en qué le podía servir. Duplat le dijo: «Mire, yo acabo de ser amnistiado por el gobierno y quiero hacer cine. Me gustaría conocer los mecanismos para aplicar a un crédito».
«Y se puede saber por cuál película fue amnistiado el caballero?», fue la respuesta de la funcionaria.