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Jueves, 10 de enero de 2002

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Música y escena

Jesús Pinzón Urrea

Por Carlos Barreiro Ortiz

Al traspasar el umbral de la edad de 70 años, el compositor colombiano Jesús Pinzón Urrea (Bucaramanga, 1928) habla con énfasis del ilimitado horizonte de expresiones que se le ofrece al compositor de hoy. Los trabajos más recientes de este músico que ha vivido durante casi treinta años en la capital del país, son la mejor ilustración de un propósito aplicado sin ninguna clase de restricciones. En 1996, la Orquesta filarmónica de Bogotá estrenó Canción vallenata, pieza sinfónica que, a partir de una idea sencilla, adquirió el vuelo necesario para convertirse en un extenso poema evocador de ambientes emocionales propios de esa expresión musical caribeña. El centenario del poeta José Asunción Silva le ofrece argumentos para una pieza en la cual una soprano entona los versos de las voces silenciosas, sobre la textura tímbrica de percusiones que contradicen la existencia de un silencio absoluto.

De una actitud de misticismo religioso no confesado proviene el Te Deumpor la paz, partitura para gran orquesta, solistas vocales y una masa coral de 120 voces que, en lugar de una atmósfera contemplativa, define un propósito de exaltación humanística que lo acerca a Olivier Messiaen. A lo anterior, habría que agregar la Tocatta americana estrenada en 1997 por el pianista Leonid Kuzmin en el Festival de piano de Bucaramanga, con su elocuente tratamiento percutivo. Esta voluntad de incursionar en temáticas, en apariencia contradictorias, es lo que caracteriza el estilo de Pinzón y, de paso, lo convierte en el compositor colombiano más taquillero en el campo de la música erudita. La sola mención de su nombre, moviliza el interés de los aficionados que disfrutan esa euforia que despierta la audición de su música.

La expectativa por su trabajo empieza a proyectarse ahora de manera más consistente hacia el exterior. Invitaciones a eventos en los Estados Unidos, Francia y audiciones de sus obras en Cuba, España, Suecia, Japón, Chile y Rusia en donde se han ejecutado con éxito piezas de cámara y sus conciertos para timbales y orquesta y violín y orquesta, definen el reconocimiento a la madurez artística del compositor. El entusiasmo por su obra se explica por su capacidad creativa, por su continua y sistemática disposición de trabajo que durante más de tres décadas ha visto acrecentar su catálogo que en la actualidad sobrepasa el número de 70 partituras originales, sin incluir numerosas instrumentaciones de aires folclóricos y populares.

Su obra se proyecta en medio de «las delicias carentes de gusto» que caracterizan la cultura de masas en el inicio del tercer milenio. Jesús Pinzón ha conservado su independencia de criterio frente a los numerosos ismos de la vanguardia internacional. De todos ellos, Pinzón separa los elementos que le sirven en la evolución de su estética personal pero siempre estableciendo distancias que lo mantienen a salvo de rigideces conceptuales y posiciones al gusto de la moda. No obstante, sus partituras establecen contacto con las herramientas más enfáticas de la música moderna: grafías, pasajes aleatorios, modos ingeniosos de ejecución instrumental, politonalidad —que él llama «poliatonalidad»— ritmos cruzados y racimos de sonido. De allí resulta una música que ha sido calificada de «...impetuosamente virtuosa (que) rebosa de imaginaciones típicamente «suramericanas» entre masas compactas y sutiles transparencias». Estas cualidades alcanzan su más alto nivel de expresión en sus elaborados frescos para voces y orquesta, en donde la temática indigenista trasciende la inmediatez de la anécdota, y en sus numerosas piezas para percusión que adquieren connotaciones épicas de efecto y proyección duradera.

La música de Pinzón propone un horizonte amplificado de recursos sonoros, tímbricos y de ritmo a partir de un tratamiento complejo que no pierde de vista su circunstancia de artista perteneciente a un definido conglomerado geográfico y cultural. Jesús Pinzón procura no establecer competencias musicales. Y como él mismo afirma: «Pretendo que mi arte, además de estético, tenga una función estética y social». La vinculación inmediata que se establece entre el público y la música de Pinzón es producto de aquello que Shostakovich exigía de su propia obra:

[...] música en la que el compositor exprese su idea de manera verdadera, y lo haga de tal forma que el mayor número posible de ciudadanos la reconozca y acepte, entendiendo de esta forma su país y su gente.

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