ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Sevilla, año 1619. El convento de la Compañía de Jesús ha recibido La adoración de los Magos de Diego de Silva Velázquez (1599-1660):
—¡A Dios gracias que llegó a tiempo vuestra obra, don Diego! Los hermanos de la Orden estaban inquietos por la tardanza.
—Dice verdad vuestra excelencia, ruego me disculpen pues últimamente estoy muy cargado de trabajo. Mi suegro y maestro, don Francisco Pacheco, a quien bien conocéis, me proporciona muchos encargos para sacar adelante a mi familia, que ha crecido hace poco. También he de deciros que este cuadro fue harto laborioso.
—¡Vive Dios! Eso parece, en verdad. Pero algunos hermanos no están del todo convencidos con el resultado.
—¿Pues qué les incomoda de mi Adoración?
—Creo que les ha desconcertado la humildad de la escena y, sobre todo, los atuendos de los Reyes Magos. Algunos dijeron que más bien parecían sevillanos de hoy día, de la calle. En nada se parece este cuadro a la vistosa Epifanía que pintó hace unos años fray Juan Bautista Maíno para su convento de Toledo, con oropeles y plumas, o al estilo de vuestro maestro Pacheco, sin ir más lejos.
—Con vuestra licencia, os explicaré el porqué. Bien sabéis que vuestro fundador, San Ignacio de Loyola, aconsejaba en sus Ejercicios Espirituales ver sin idealismos las cosas religiosas y espirituales. Convencido de ello, me sumé yo también a la corriente naturalista, que ha dado fama a maestros como Caravaggio en Italia y que en Sevilla comienza a tener sus seguidores. Y puesto que ya tengo industria en el natural, estimé que era lo más acomodado a vuestra demanda.
—Sí, sí, razón tenéis. Pero quizá esperábamos una imagen más colorista, más luminosa.
—Cierto es que el ambiente es crepuscular, caravaggesco, dirían en Roma. Pero también habrán advertido que, si bien son mantos sencillos, la calidad de los paños y el relieve de sus pliegues están tratados con detalle y son de gran belleza, si se me permite decirlo. En cuanto a la Virgen con el Niño Jesús, ya ven, son el foco de luz y de color del lienzo.
—Vive Dios que es verdad lo que decís. No penséis que os miento si confieso que he sido el más sincero admirador de vuestro lienzo. Por cierto, fray Domingo reparó en algo que los demás no habíamos visto. Cree reconoceros a vos, don Diego, en la figura de Gaspar.
—¡Conserva su perspicacia el anciano fray Domingo! Pues que me gusta tomar como modelos a gentes de carne y hueso, incluido yo mismo. Deste modo los personajes de mis cuadros se acercan más al natural, a la realidad, como es menester en estos días para conmover a las gentes. Hace un tiempo que tengo a un muchacho de ayudante en el taller. Es un poco rústico pero trabajador y se presta con gusto a posar para mí durante horas. Le podéis ver como paje de los Reyes, al fondo. Reconoceréis a mi suegro don Francisco en Melchor, y también mi mujer Juana y mi hija Francisca, recién nacida, me han servido esta vez de inspiración. Ya ven sus señorías que este cuadro tiene su historia...
—Vaya don Diego, así que esa bella muchacha de expresión melancólica es vuestra esposa. Dotado retratista sois, joven. Venturoso porvenir os auguro. Ahora id con Dios.