Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
El 28 de abril de 2000 España lloró la pérdida de uno de sus más queridos dramaturgos; sí, hablamos de Antonio Buero Vallejo. Historia de una escalera, La tejedora de sueños, Madrugada, Irene o el tesoro, Un soñador para el pueblo, El concierto de San Ovidio, Aventura en lo gris, El tragaluz, La llegada de los dioses, La fundación, Caimán, Diálogo secreto, Lázaro en el laberinto, Las Meninas, El sueño de la razón... son obras que forman ya parte de los títulos clásicos de la literatura española y constituyen un referente moral para todos.
Su gran mérito fue el de devolver al Teatro su ser. Sus obras, sus personajes, y su conciencia ponen sobre las tablas del escenario, la ética, el compromiso y la denuncia. Como Quevedo antes o Unamuno después supo sentir en sus entrañas, de silencioso y melancólico asceta, el drama de la existencia humana y los problemas que acechaban a la sociedad española, rota y desgarrada tras la guerra civil y la postguerra, pero al igual que aquéllos habló a través de su mano, esquivó con genialidad la prepotencia de los políticos, y nunca enmudeció ante la injusticia y los excesos de la inmoralidad del ser humano. Ni los galardones y laureles obtenidos, ni ser miembro de la Real Academia Española, ni haber recibido el premio Cervantes, turbó su compromiso con la sociedad o la austeridad de su intensa vida. Al igual que tantos escritores tuvo una especial inclinación por la pintura, que practicó a lo largo de su vida, y un gran amor por los grandes pintores y cuadros del Museo del Prado.
Nacido en Guadalajara en 1916, vino a Madrid en 1933 para estudiar Bellas Artes, aunque su carrera se vio truncada por la guerra civil (1936-39). Durante aquellos años conoció al poeta Miguel Hernández, de quien realizó el retrato más famoso que hoy conocemos de él, y no es extraño que se acordase en su dilatada obra literaria de Goya o de Velázquez.
Terminemos con su obra Las Meninas, y con algunas palabras que puso el dramaturgo en labios del pintor Diego Velázquez:
Ya no señor. El hambre crece, el dolor crece, el aire se envenena y ya no tolera la verdad que tiene que esconderse como mi Venus, porque está desnuda. Mas yo he de decirla. Estamos viviendo de mentiras o de silencios. Yo he vivido de silencios, pero me niego a mentir.