Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Al poco tiempo de acabar la Guerra Civil Española y de haber comenzado en Europa la Segunda Guerra Mundial, a finales de 1940 el gobierno colaboracionista del Mariscal Pétain y el de la España del General Franco firmaron un atípico pacto. El móvil se debía al deseo que tenía España por recuperar una serie de obras de arte de capital importancia para la historia del arte español, entregándose a cambio otro lote de obras al país vecino. Por una parte se pidió La Inmaculada de Murillo que había salido de la Península en manos del Mariscal Soult en 1813 durante la Guerra de la Independencia y depositada desde 1852 en el Museo del Louvre. Además de este cuadro, verdadero símbolo religioso de la España surgida tras 1939, se consiguió el retorno de La Dama de Elche, cuyo dueño era igualmente el Louvre, junto a un importante número de esculturas ibéricas, custodiadas en los almacenes del mencionado museo parisino, de los yacimientos españoles de Osuna, Elche, El Salobral, Agost y otros, así como parte del valioso Tesoro de Guarrazar de época visigoda, aparecido en el siglo xix junto a Toledo y perteneciente a las colecciones del Museo de Cluny de la capital francesa. Por último, también fueron devueltos, por expreso deseo de Pétain a modo de regalo, un conjunto de documentos conocidos como «los legajos de Simancas».
La entrega se realizó a principios de 1941, y a cambio salieron rumbo a París un Retrato de Doña Mariana de Austria pintado por Velázquez, cuya autoría no es aceptada por todos los especialistas ante la existencia de otro muy similar en el Museo del Prado, el Retrato de Don Antonio de Covarrubias del Greco, el tapiz de Goya La riña en la venta nueva, y un conjunto de dibujos franceses del siglo xvi sobre La vida de Artemisa.
Semejante historia sólo puede comprenderse en el difícil contexto histórico que estaba viviendo el Continente, y por supuesto Francia, bajo el dominio de la Alemania nazi. Dicho trueque, claramente ventajoso para España, hoy sería impensable, de la misma forma que no se plantea la devolución de tantas y tantas piezas capitales del arte egipcio, griego, mesopotámico o precolombino depositadas en museos principalmente europeos, a pesar de ser en numerosas ocasiones frutos del robo, de la guerra, del dominio colonial, del generoso regalo o venta de gobernantes invasores, o del mercado ilegal de obras de arte.
Ciertamente, La Inmaculada de Murillo salió de España como fruto del saqueo ocasionado por las tropas napoleónicas entre 1808 y 1814, pero pocas fueron las gestiones realizadas por el gobierno español, a diferencia de las realizadas por otros países tras la caída de Napoleón, por recuperar este lienzo junto a muchos otros igualmente expoliados en aquellos años. Respecto del resto de las piezas (Dama de Elche, Coronas del Tesoro de Guarrazar...), sólo debe apuntarse que llegaron a París en tiempos de paz, al igual que otros centenares, ante la desidia española incapaz de reconocer su valor incalculable en el momento de su aparición.