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Miércoles, 3 de enero de 2001

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Cine y televisión

La inexistencia del cine nacional, un genocidio cultural (II)

Por Lisandro Duque Naranjo

Un país sin cinematografía, sin memoria fílmica, es como una casa de familia sin álbum fotográfico. Permitir que en nuestras pantallas exista un cine de una sola nacionalidad, que no es la nuestra, equivale a resignarse, ante la carencia de pruebas de nuestros recuerdos, a pedir en préstamo el álbum fotográfico de los ricos de la esquina. Las iconografías tomadas en préstamo son espejos tramposos que no le devuelven a quien se asoma en ellos su propia imagen y por ende le niegan su cuerpo. Los vampiros son seres infelices y subrepticios justamente porque no logran verse en los espejos. A ese referente visual exógeno que nos niega al hacernos invisibles, que nos destierra de la pantalla por considerar que nuestro lugar natural es en la silletería de las salas, es atribuible, sin duda, esa baja auto-estima que en los más de los casos deriva en la violencia. Trataré de explicar por qué: Edgar Morín, en su libro El cine y el hombre imaginario, reflexiona sobre el por qué los obreros que participaron como actores documentales en esa primera película de los hermanos Lumière, La salida de la fábrica, iban todas las noches a verse en la pantalla saliendo de la fábrica, mientras que nunca antes, ni nunca después de la película, iban a verse en persona, saliendo de verdad de la fábrica.

En las cuevas de Altamira y Lescaux, los hombres primarios pintaban a los bisontes que después tenían que cazar. Cuando no cumplían esa labor pictórica, con la que suponían quebrantar la fuerza de los animales que necesitaban para subsistir, no salían a cazarlos. Picasso decía: «La mujer que nos da una foto, nos promete el original». Todo parece indicar entonces que cuando el ser humano es representado en una pantalla, o en una fotografía, o en un cuadro, o en una novela, empieza a ser, y deja simplemente de estar. El hombre tiene, pues, una relación compleja consigo mismo a través de su propia imagen representada, y puede llegar a tener una relación, ya no compleja, sino confusa, consigo mismo y con sus semejantes, si se le mutila la posibilidad de representarse icónicamente. Todo ser humano necesita consultar su propia presencia permanentemente en cuanta vitrina se le atraviesa en la calle y en cuanto metal reflector le queda al frente en los ascensores que toma. El hombre inaugura todas las mañanas frente al espejo esas miradas que le confirman su cuerpo y la certeza de sus miembros. Cuando no lo hace, se siente sucio, inseguro, impresentable. No creo que sea diletancia decir que reflejarnos, que es algo que se logra frente a los espejos, viene de la misma raíz de reflexionarnos, que es lo que logramos frente al arte, incluido el arte cinematográfico que nos devuelve ya no una conceptualización abstracta sobre nosotros, como lo hace la literatura, sino una concreción fisonómica, geográfica, kinética, etc. El revelado de una película no es, entonces, un simple proceso químico, sino un acto revelador de orden espiritual.

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