Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Nos hallamos ante la representación más usual y extendida de Jesús como Salvator mundi. Son muy numerosas las citas bíblicas, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo, en las que profetas, apóstoles y evangelistas hablan de la llegada del Salvador, de su papel como guía del hombre, de la universalidad de su mensaje, de la redención de la humanidad gracias a su muerte y resurrección, o de su señorío triunfador sobre la tierra. Numerosas citas podrían ponerse en relación con esta imagen, y así el profeta Daniel dice: «Fuele dado el señorío, la gloria y el imperio» (VII, 13), o San Juan nos transmite en su Evangelio las palabras de Jesucristo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida» (VIII, 12).
El origen de esta iconografía es muy antiguo y puede presentar diversas variantes, siendo frecuente la aparición de imágenes en las que Jesucristo aparece coronado por un nimbo crucífero, bendiciendo o sosteniendo una cruz con la mano derecha, mientras que con la izquierda muestra el libro abierto de las Sagradas Escrituras o la bola del mundo.
El Salvador del Greco del Museo del Prado, perteneciente al incompleto Apostolado de la iglesia de Almadrones de Guadalajara, continúa la iconografía tradicional. Jesucristo viste túnica roja, bendice a la humanidad con la mano derecha, según la manera de la iglesia latina, al cruzar los dedos índice y corazón, frente a la manera griega que une el dedo anular y pulgar. Apoya la mano izquierda sobre el globo terráqueo, en clara alusión a la dimensión temporal, y no sólo celestial, de su reinado.
El genial pintor cretense destaca la dimensión humana del Hijo de Dios, por lo que participa claramente de los postulados de la Contrarreforma, y minimiza aquellos detalles que pudieran restar veracidad a su obra. Por ello, la bola del mundo apenas adquiere protagonismo alguno en la tela y el nimbo de santidad queda ligeramente sugerido por el toque de luz que rodea la cabeza de Cristo.