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Martes, 25 de enero de 2000

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ARTE / Claroscuro

El amor mata, aunque no a todo el mundo

Por Antonio García Flores

La trágica historia de amor entre Juan Martínez de Marsilla e Isabel de Segura, conocidos popularmente como los Amantes de Teruel, fue desde finales de la Edad Media argumento frecuente en la literatura española, especialmente durante los siglos xvi y xvii. Sobre ellos escribieron, entre otros, Pedro Laínez (1581-1584), Juan Pérez de Montalbán (1635), Tirso de Molina (1635) o Vicente Suárez de Deza (1666).

La versión más antigua de los Amantes, copiada en 1619 por dos notarios de Teruel, sitúa la acción en 1217:

Juan Martínez de Marsilla, rechazado debido a su pobreza por el padre de la que quería que fuese su esposa, Isabel de Segura, marcha a tierra de moros en busca de fortuna, tras obtener de Isabel la promesa de esperarle durante cinco años. Pasado este tiempo, al no tener noticias de su prometido, su padre le insta a Isabel casarse con otro. En ese momento, regresa Juan con grandes riquezas, pero moribundo.

Enterado de la boda de su amada, Juan penetra a escondidas en su casa y le pide un beso. A la negativa de Isabel sigue la muerte de Juan. Enterado su esposo, ambos deciden dejarlo a las puertas de su morada. Posteriormente se deposita el cuerpo de Juan en la iglesia de San Pedro. Isabel, arrepentida de lo sucedido, acude a darle el beso que antes le había negado, y al hacerlo también muere. Su marido, enterado de todo, explica lo ocurrido y se acuerda enterrarlos juntos.

Será durante el siglo xix cuando se ponga otra vez de actualidad el tema. A principios de siglo se publicó la novela del turolense Isidoro Villarroya y, sobre todo, en 1836, el drama de Juan Eugenio Hartzenbusch, la obra más conocida de todas, estrenada al año siguiente y reeditada años más tarde (1838 y 1849) con algunas variantes.

El éxito de ésta última obra fue tremendo. En la reseña que publicó Mariano José de Larra tras el estreno, alababa con entusiasmo este drama y defendía su escena final ante la posible incredulidad del público, apuntando que «las penas y las pasiones han llenado más cementerios que los médicos y los necios; que el amor mata (aunque no mate a todo el mundo) como matan la ambición y la envidia; que más de una mala nueva, al ser recibida, ha matado a personas robustas instantáneamente y como un rayo». A los pocos días Fígaro (Larra) se pegó un tiro en la cabeza, confirmando que, en efecto, sí se podía morir de amor, aunque a veces con un poco de ayuda.

Esta dramática historia se convirtió también en fuente de inspiración de numerosos artistas románticos. El pintor Muñoz Degrain eligió para el cuadro, que presentó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1884, una de las escenas finales: en el interior de la iglesia de San Pedro yace sin vida el cuerpo de Juan, en un túmulo ricamente adornado, y sobre su pecho la cabeza de Isabel que, tras irrumpir en el templo y besar a su amado, ha muerto; todo ello, ante el asombro del cortejo fúnebre y de un sacerdote que ofrecía la misa en ese mismo instante.

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