Cultura y tradiciones
Por José Jiménez Lozano
La leyenda de los bandoleros españoles era romántica para los extranjeros; formó parte durante mucho tiempo del icono tópico de España, y el ser saqueados por quien era tan educado y galante como José María, el Tempranillo era una emoción deseada.
Para los españoles del pueblo llano, sin embargo los bandoleros eran una especie de instrumento político-administrativo, encargado de la distribución de la renta, ya que esos señores se aseguraba que robaban a los ricos para dárselo a los pobres. Se trata de la leyenda de Robin Hood, al fin y al cabo, pero quizás siempre será creída, y por eso han abundado tantas teorías y prácticas políticas en este sentido, tantos uniformes de Robin Hood. Pero parece que la «naiveté» de éste es cosa exclusivamente medieval. Luego, no se ha visto otro caso igual.
Lo que iba a decir, de todas maneras, es que, si José María, el Tempranillo fue ya un bandolero romántico, el que lo fue completamente fue Candelas, que pertenecía al subgénero del bandido urbano. También tenía un cierto componente de Robin Hood, pero escaso. Lo que se admiraba en él era su habilidad, su movilidad, su cuidado en no infligir daños físicos, su prestancia, su galantería, su magnanimidad. Y tenía un lugarteniente o segundo, que se llamaba, Balseiro, pero éste era hombre más basto, aunque pasará también a la historia, porque parece que contribuyó a que don Sebastián Olózaga, el de «los obstáculos tradicionales» que decía, y que después se han llamado «los poderes fácticos», escapase de la cárcel. «¡Onzas y puñaladas reparto!», parece que dijo, mientras tiraba al suelo un puñado de onzas de oro, que los carceleros se apresuraron a recoger, claro está. Pero éstos no eran los modales de Candelas.
Candelas, a quien se dio garrote vil el 4 de noviembre de 1834, y cuyas últimas palabras fueron para desear a España que fuera feliz, era como digo, pura aura romántica, como la copla que hasta ayer mismo cantaban las niñas en el corro: «Debajo de la capa / de Luis Candelas / mi corazón amante / vuela que vuela».
Más inmortal que el bronce.