Literatura
Al final de su látigo de auriga, el nudo aparece ahora manchado con sangre de hombre honrado. Lola Montes ha impuesto su real gana a Baviera.
Tiene el látigo un bello puño de marfil. Lo apresa la mano pequeña, la mano delicada, la mano cruel El guante está destrozado por la rabia. Asoman cinco dedos como cinco pétalos de una rosa de té, con cinco menudas uñas ovales que son cinco espejos.
Y el rostro es otro espejo oval apenas un poco mayor. Y la noche y la luna se miran en él.
Y en el iniciamiento del escote, un óvalo de pedrería guarda, tras de un cristal convexo, un daguerrotipo.
Pero en el espejo oval del rostro —perfecto—, el carmín de los labios dibuja otro óvalo minúsculo. Y, detrás, están los dientes. Y, entre diente y diente, y en las encías, también hay sangre.
Ante figuras como ésta, la plebe de donde surgieron se siente a la vez ofendida y vindicada.
6-VII-1918
Eugenio dOrs, El valle de Josafat, página 132. Edición de Ángel dOrs y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.