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Martes, 18 de enero de 2000

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Arte / Claroscuro

Las hilanderas

Por Marta Poza Yagüe

Este lienzo apareció denominado en 1664 como Fábula de Aracne, en el inventario de pinturas que poseía en su casa de Madrid D. Pedro de Arce, montero del rey Felipe IV. Una de las características habituales en las obras de tema mitológico de Velázquez es la de acercarse a las vidas de los dioses como si se tratase de un asunto cotidiano. Este enmascaramiento de la realidad ha podido ser la causa de que la Fábula de Aracne apareciera reseñada en los catálogos del Museo del Prado hasta 1945 como «Obrador de hilado y devanado y pieza para ventas en la fábrica de tapices de Santa Isabel de Madrid», situación que condujo a su denominación más conocida de Las hilanderas.

Bajo la apariencia de una escena de género, el pintor sevillano ha ilustrado dos momentos de una misma historia: la rivalidad entre Palas Atenea, hija de Zeus, y la joven doncella lidia Aracne, por ver quién era la mejor tejedora. El relato queda recogido por Ovidio en el Libro VI de sus Metamorfosis, obra de la que poseía Velázquez dos versiones en su biblioteca particular, una en castellano y otra en italiano.

Así, en el primer término, se ha ambientado el espacio de un taller de tapices donde dos mujeres trabajan en las labores de hilado y devanado de la lana para el tejido, ambas asistidas por tres jóvenes más. La más anciana, frente a la rueca y con el huso en la mano, es Palas. La que da la espalda al espectador, Aracne.

Tras un arco que da paso a una segunda estancia, encontramos la conclusión de la fábula: el momento en el que la diosa, revestida con su indumentaria guerrera, se dispone a castigar la soberbia de la joven convirtiéndola en araña para que, de este modo, se viera obligada a tejer continuamente hasta el fin de sus días. Como fondo, un tapiz que representa el Rapto de Europa por Júpiter, que se muestra bajo la apariencia de un toro (según el esquema del lienzo que del mismo tema realizó Tiziano y copió Rubens durante su estancia en España), asunto que, según Ovidio, había elegido Aracne para uno de sus tapices.

Técnica y compositivamente, estamos ante una obra maestra de Velázquez, en la que destacan los contrastes lumínicos y cromáticos, pero sobre todo la veracidad lograda al reflejar el movimiento de la rueca, cuyos radios desaparecen al impulso de la mano derecha de la diosa, transformada apenas en una mancha por la misma razón dinámica.

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