Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
La costumbre de coleccionar obras de arte es un hecho que nos remonta hasta la Antigüedad clásica. Sin embargo, esta práctica, que podemos considerar como uno de los antecedentes de nuestros museos actuales, entra en crisis como tantas otras durante el período medieval. Desde el siglo xv y a lo largo de todo el xvi, el nuevo pensamiento humanístico vuelve a poner de moda el hábito de compilar objetos de la más diversa naturaleza en determinadas estancias, que recibirán los apelativos de studiolo o mouseion.
Si al principio tenían cabida en una misma habitación piezas tan dispares como esculturas, cuadros, joyas, minerales o mapas cartográficos, pronto se decidirá sobre la conveniencia de agrupar los distintos objetos en cámaras diferentes en función de su categoría.
Ésta sería la división en salas de un museo ideal, que fue publicada en Munich en 1565:
Estas colecciones tenían un carácter particular y eran comunes entre los monarcas, aunque tampoco fueron ajenas a nobles y burgueses adinerados de la época. Además de servir para la mera contemplación estética de las piezas, estas estancias fueron el lugar de reunión y discusión de científicos, artistas y eruditos.
Al amparo de esta práctica surge en el siglo xvii en los Países Bajos un nuevo género de pintura, denominada gabinetes, que reflejará este fenómeno del coleccionismo. El esquema típico de este tipo de pinturas será la representación de una de estas salas, con el detalle de las obras de arte que albergaba, siendo visitada por su propietario y un grupo de acompañantes a quienes se les muestra.
Uno de los ejemplos más acabados de estos gabinetes es el cuadro que presentamos. En la sala aparece el archiduque Leopoldo, acompañado por el conde de Fuensaldaña, responsable del encargo de la obra para Felipe IV, y el propio pintor Teniers, que muestra unos bocetos. Entre los cuadros que cuelgan en las paredes se identifican fácilmente lienzos de Tiziano, Rafael, Giorgione y Veronés, entre otros.