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Viernes, 10 de diciembre de 1999

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Literatura

Mercurios y pegasos

Por José Jiménez Lozano

Cuando los periódicos comenzaron a llamarse Mercurios, creo yo que ya se torció para siempre la idea ilustrada del periódico. Esta idea era la de poner al alcance del mayor número posible de personas el saber del hombre sobre el mundo, y también las transfiguraciones simbólicas sobre él, como Lessing pensó que sería el teatro. Y el saber traería la libertad. La narración y la poesía entregarían a los lectores el disfrute estético, y también las preguntas sobre sí mismos. Pero los Mercurios, como digo, cambiaron las tornas.

Las tornas se cambiaron por muchas otras razones, claro está: políticas y económicas sobre todo; pero allí en lo profundo, lo que Mercurio, que es un dios alado, significaba, era la prontitud de la noticia, y así se perfiló esa revolución de la modernidad en la que, como diría el viejo Bertrand Russell, las que caminan de prisa, como alados mercurios o pegasos, son las noticias, mientras que el viaje de las ideas se ha hecho más lento, o éstas no pueden caminar sencillamente.

Las noticias de Lepanto tardaron en llegar dieciocho días a España, pero la gente de Tierra de Campos, al poco tiempo de producir un libro Erasmo, lo tenía en sus casas. Los periódicos del xix fechaban todavía sus noticias de sucesos lejanos, con una semana de retraso en relación al tiempo en que habían ocurrido, pero los lectores tenían allí, en el folletón, Demonios de Dostoievski, o La guerra y la paz de Tolstoi; pero, más tarde y desde luego ahora de un modo esplendoroso, los periódicos se las arreglan para dar la noticia poco después que la televisión y la radio, y luego hacen infinitas glosas de ella. Las ideas ¿adónde se habrán detenido?

Todavía, en buena parte, nos las arreglamos con las viejas ideas, o con ninguna, que parece lo más avanzado. Pero no hay ideas con alas. El pensar siempre va paso a paso. No hay ideas-Mercurio.

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