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Miércoles, 1 de diciembre de 1999

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Literatura / Citas

Quevedo, amante y voyeur

Francisco de Quevedo ha pasado a la historia con un anecdotario apócrifo. Este ha ido formando una imagen suya mitificada y alejada de la realidad. Numerosas biografías que se han escrito de él han resaltado muchos aspectos legendarios los cuales, pacientemente, se han ido desmintiendo gracias a los estudiosos que se han ocupado de su vida y su obra en tiempos más recientes.

Una de las ideas que han predominado en la imagen formada de él es la del poeta exclusivamente satírico-burlesco. Los chascarrillos procaces o festivos que le atribuían una personalidad jovial, conceptista, opuesta a una presunta actitud seria culterana y esnob de un Luis de Góngora han alejado del lector medio la imagen del humanista, el pensador político, el sesudo teólogo y el concienzudo lector de clásicos que fue, también, don Francisco. Tampoco es ajeno al ojo del lector que conoce a Quevedo su vertiente amorosa.

Hoy reproduciremos un madrigal, algo subido de tono por su notable intensidad erótica, del que no está ausente una cierta actitud de voyeur por parte del poeta. El texto pertenece al poema numerado con el 413 en la clásica edición de José Manuel Blecua, hoy reimpresa tras muchos años, y se titula Madrigal pintando ejecuciones de amantes. Disfrútenlo, al menos, tanto como el aquí pintor-poeta:

Los brazos de Damón y Galatea
nueva Troya, torciéndose, formaban
(que yo lo vi, viniendo de la aldea);
sus bocas se abrazaban
y las lenguas trocaban.
En besos a las tórtolas vencían;
las palabras y alientos se bebían
y en suspiros las almas retozaban.
Mas él, estremeciéndose, decía:
«¡Ay, muero, vida mía!»
Y ella, vueltos los ojos, le mostraba
en su color lo mesmo que le daba.
Fue tan dulce este paso y de tal suerte,
que quiso parte dél la misma Muerte,
pues quedando sin fuerza y sin aliento,
entrambos despidieron el contento.
Y las niñas hermosas,
que, al fin, de vergonzosas se escondieron,
ya tristes, de envidiosas,
a los divinos ojos se volvieron,
dando armas a Damón con que venciese
al arrepentimiento, si viniese.

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