Lengua / Enciclopedia de bolsillo de las lenguas imaginarias
Por Manuel Pintado
El jesuita y cronista de Navarra José de Moret publicó en 1667 la diatriba El Bodoque contra el propugnáculo histórico y jurídico del licenciado Conchillos. Moret utilizó un bucólico seudónimo —Fabio Silvio y Marcelo— y un falso pie de imprenta —el de la ciudad alemana de Colonia— para entrar en una de esas agrias polémicas típicas de la cultura del Barroco. Su objetivo era censurar al licenciado Conchillos, quien afirmaba que Tudela había sido fundada por Túbal. El tal Conchillos no se amilanó, y replicó inmediatamente con un opúsculo de furibundo título: Desagravios del propugnáculo de Tudela contra el trifauce cerbero autor del Bodoque.
Tras aquel encontronazo había algo muy serio: la disputa sobre la primitiva lengua de la Península Ibérica, que entretendrá a sabios y eruditos durante varios siglos. Frente a los partidarios de la fabulosa invención del tubalismo, Moret sostenía otra tesis, expuesta de forma algo enrevesada en su obra Anales del reyno de Navarra: «Desde las primeras memorias de los hombres derivadas de los escritores más antiguos, por toda España se ven ciudades, montes, ríos con nombres vascónicos que arguyen el primer origen, y que fue su lengua común de toda España, antes que la entrasen gentes advenedizas».
Se trata de lo que los historiadores han llamado el vascoiberismo, y que a menudo se relaciona exclusivamente con Wilhelm von Humboldt, aunque, según Caro Baroja, él apenas añadió claridad expositiva y algo más de rigor lingüístico a una larga tradición. Con algunas variantes, el vascoiberismo afirma en esencia que el vascuence fue la lengua de los antiguos iberos o, dicho de otra manera, la primera y única lengua durante mucho tiempo de toda la Península Ibérica.
El precursor de la idea fue el siciliano —como su propio nombre indica— Lucio Marineo Sículo, profesor de la Universidad de Salamanca y capellán de Fernando el Católico. En su Opus de rebus Hispaniae memorabilibus,publicada en Alcalá en 1530, afirmó incluso que el vasco había sido la lengua de los pobladores anteriores a los iberos.
Continuó con la tesis el cronista real Esteban de Garibay en los XL Libros del Compendio Historial de las Chronicas y Universal Historia de todos los reynos de España, que publicó a los 32 años, en 1571. La obra es la primera historia general de España en sentido amplio, y abarca desde Adán y Eva hasta la muerte de Fernando el Católico. La llegada de otros pueblos, según Garibay, acabó con la unidad lingüística en torno al vascuence. Utilizó como pruebas la fantástica cronología de los reyes de España inventada por el falsificador Annio de Viterbo y una desbordante imaginación etimológica, aplicada sobre todo a los topónimos.
El vascofrancés Arnauld Ohienart dio un paso más en su Notitia utriusque Vasconiae (París, 1638). Estableció no sólo que lusitanos, galaicos, astures, cántabros, várdulos y vascones hablaban la misma lengua, el vascuence, sino que de ella surgirá en gran parte el español.
Lo mismo dirá otro jesuita, Manuel de Larramendi, que en 1728 publicó De la antigüedad y universalidad del vascuence en España. Al año siguiente apareció El imposible vencido: arte de la lengua vascongada, en cuya dedicatoria escribió: «Todas las lenguas tienen su infancia y sus imperfecciones; sólo el vascuence ha sido siempre perfecto, puesto que ha quedado tal como Dios lo creó, cuando dividió el habla en 72 lenguas, de las que forma parte la vascongada». Años después se reafirmó en las mismas ideas en el formidable Diccionario trilingüe castellano, vascuence y latín (1745): el vasco fue el idioma antiguo de toda España y el engendrador principal del castellano. También muchas palabras del latín proceden de él.
Un jesuita expulso, Juan Francisco de Masdeu —de «genio áspero, indómito y soberbio», al decir de Menéndez Pelayo—, introdujo en su monumental y escéptica Historia crítica de España y de la cultura española en todo género (1783-1805) una nueva variante: el vasco era una lengua celtíbera. Iberos y celtas fueron los pueblos más antiguos de la península, descendientes de los mencionados en las tradiciones bíblicas, y de la fusión de las lenguas de ambos surgió el vasco.
En realidad, el vascoiberismo sólo fue la versión española de la lengua del paraíso. Pedro Pablo de Astarloa —de quien se decía que dominaba 60 idiomas—, Juan Bautista Erro —que llegó a jefe de Gobierno carlista—, Lorenzo Hervás y Panduro —de cuyo excepcional Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas (1804) se aprovechará sobre todo Humboldt— fueron sólo algunos adeptos más. La lista es tan interminable que llega hasta hoy.