CULTURA Y TRADICIONES
Por Eva Belén Carro Carbajal
¿Alguna vez hemos oído hablar de los zangarrones y de las obisparras? ¿De los carochos, de los cencerrones y de los diablos? ¿De los birrias y de las vacas vayonas? ¿De los tafarrones y de las talanqueiras? El periodo navideño resulta perfecto para conocer las mascaradas de invierno que tienen lugar en algunas localidades de la península ibérica, máxime si no se es muy dado a celebrar por todo lo alto las fiestas navideñas, panderetas y zambombas incluidas.
Las mascaradas de invierno son celebraciones atávicas que hunden sus raíces en la época prerromana, si bien han convivido con el cristianismo, incorporando cierto trasfondo y algunas explicaciones rituales. Cuentan con una especial tradición en las regiones del noroeste peninsular: Galicia, Tras-os-Montes, Asturias y Castilla y León (especialmente León y Zamora). Los protagonistas de estas manifestaciones festivas son los mozos casaderos, ya que algunas mascaradas se erigen como ritos de paso.
En realidad, las mascaradas de invierno se extendieron por todo el continente europeo y los territorios costeros del mar Mediterráneo, en un espacio geográfico que coincide casi en su totalidad con las fronteras del imperio romano. Este legado cultural permanece vivo en nuestros días desde Portugal hasta Turquía, desde Bélgica hasta Italia o desde la isla de Cerdeña hasta la Transilvania rumana.
El objetivo último de los ritos relacionados con estas mascaradas es purificar las comunidades campesinas al finalizar el año y traer la fertilidad a los campos y a los vecinos. De esta manera, se emplean trajes y máscaras de seres zoomorfos y demoníacos, acompañados de cencerros y de otros instrumentos (tenazas de madera extensibles, tridentes, vejigas hinchadas, etc.), que ayudan a la escenificación por las calles mientras se pide el aguinaldo. Las mascaradas tienen lugar en torno a la festividad de San Esteban (26 de diciembre) y los primeros días de enero, aunque ante las condenas de la Iglesia algunas subsistieron trasladando su celebración al domingo y al martes de Carnaval. En verdad, son ritos del solsticio de invierno en los que se busca conjurar las fuerzas malignas de la comunidad para que ésta perviva con el nuevo fruto que va a nacer de la tierra.
Ejemplo emblemático es el Zangarrón de Montamarta (Zamora), que actualmente se celebra los días 1 y 6 de enero. Según Calvo Brioso, representa en sus gestos y actitudes a un personaje sobrenatural de las profundidades, ligado al cambio estacional y al mundo agrario. Este carácter de divinidad ctónica lo aprovechó el cristianismo para transformarlo en demonio o diablo, símbolo del mal, aunque en sus actos se aprecia que es portador del bien para la colectividad. El Zangarrón se cubre la cara con una máscara de corcho de colmena pintada con dientes de mimbre, círculos blancos para los ojos, bigote de felino y orejas de liebre. Complementa su curioso atuendo con una piel de animal cubriendo la cabeza y la espalda, una blusa de flores realizada con una colcha y provista de una bolsa interior para los donativos, unos pantalones muy ajustados confeccionados con viejas toallas con una pernera de cada color (rojo y amarillo), calcetines y zapatillas blancas, cintas de colores y rosas de papel trenzadas, tres cencerros atados al cinto y un tridente.
En el caso de los Carochos de Riofrío de Aliste (Zamora) intervienen once personajes y distintos estudiosos los consideran una especie de pre-teatralizaciones, que tienen lugar el día 1 de enero.
Las mascaradas de invierno constituyen pervivencias de ritos arcaicos, purificadores, protectores y benefactores para la comunidad, que han sobrevivido hasta nuestros días. Afortunadamente, en los lugares donde se han conservado dan buena muestra de la riqueza de nuestro patrimonio inmaterial, que al igual que el tangible también debe ser conocido, protegido, respetado y admirado.