CULTURA Y TRADICIONES
Por Marisa Freire
De las huelgas de mineros en París; de la guerra en Oriente y las dudas sobre la toma de Constantinopla; de la independencia de Albania; de una niña devorada por un cerdo en La Coruña: de todo eso se hablaba en el Diario Español de São Paulo un 14 de diciembre de 1912, exactamente hace cien años.
Una ley rigurosa y muy poco práctica impedía a los chóferes ingleses utilizar las bocinas, y ahora esa ley quería llevarse a la ciudad paulista. En Nueva York se había proyectado una película cuyo tema era «la marcha gradual de la descomposición de los dientes». Estaba de enhorabuena el arte español en el Brasil. Dos colonos sudafricanos acababan de emprender un viaje a caballo hasta Roma. Un hombre a quien daban por muerto había regresado a casa. Se multiplicaban las tensiones entre la burguesía y el proletariado.
Y asistíamos, atónitos, a la historia local de una profanación:
Escándalo en una iglesia
Madrid. Dos novios del inmediato pueblo de Leganés fueron a comulgar para poder casarse al día siguiente.
Llámanse los tórtolos Antolín González y Visitación Morate.
El Antolín, al tiempo de comulgar, sacose de la boca la sagrada forma y la arrojó al suelo, pisoteándola despreciativamente.
El escándalo que esto produjo fue fenomenal.
El cura, horrorizado por el sacrilegio, no sabía qué decir y no hacía más que santiguarse.
La novia se desmayó.
Algunos asistentes a la misa apalearon al novio y este daba bofetadas a diestro y siniestro.
Por último entró en el templo la benemérita y detuvo al Antolín González.
La dosificación del relato, en párrafos más que cortos —tampoco aquí veremos ni un punto y seguido—, es habitual en las noticias de este periódico. La sobriedad con que se presenta el hecho sacrílego es notable; la repugnancia o el desprecio que sin duda inspira el protagonista al redactor se concentra en ese artículo determinado que, por dos veces, brota junto a su nombre, pero nada más. La pelea de todos contra uno en la iglesia es cinematográfica; la novia se desmaya a tiempo y casi podemos sentir la mano abierta del novio en nuestra cara. La llegada providencial de la Guardia Civil, en fin, es el digno remate de la crónica.
¿Por qué lo hiciste, Antolín? ¿Y por qué lo hiciste justo entonces y no un poco antes, o un poco después? A diferencia de lo que sucedía el 23 de noviembre en aquella noticia protagonizada por el falso sargento —otro Antolín, pero de apellido—, aquí nadie se hace preguntas acerca de la sorprendente reacción del tórtolo. ¿Locura transitoria? ¿Súbita caída del caballo, toma de conciencia de un férreo anticlericalismo? ¿Simple ardid para pasar la noche detenido y la vida excomulgado y no poder llegar a tiempo, de ninguna manera, al día de su boda?
El redactor sostiene que los novios acudieron a recibir la comunión «para poder casarse al día siguiente». Esta afirmación es incompleta. Para celebrar el matrimonio en gracia de Dios, era preciso que Visitación y Antolín recibieran la eucaristía, sí, pero antes de ella se requería otro sacramento imprescindible: la reconciliación o penitencia. Es imposible saber qué sucedió durante la confesión del novio: qué palabras intercambió con el sacerdote, cuál fue la pena impuesta, hasta qué punto pudo afectar todo aquello al desarrollo de los acontecimientos. El cura, en todo caso, quedó mudo; lo dejaremos así, sin hacer más preguntas, y nos despediremos de esta forma del Diario Español, que hace cien años se publicaba en São Paulo, para los inmigrantes, como continuación de La Voz de España.