PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Entre 1766 y 1841 vivió el escocés Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin y undécimo de Kincardine. Este señor, de tirabuzones, casaca, chupa y calzón, se hizo famoso por arrancar los mármoles del Partenón de Atenas y llevárselos a Londres en los primeros años del siglo xix. El famoso escultor Canova rehusó «restaurarlos», por el peligro que corrían de destruirse más. La acción del noble provocó, además de la lógica indignación por parte de afectados y personas con vocación antiimperialista, la creación de un nuevo término, elginismo que todavía no reconoce el DRAE. Dicho de otro modo, el neologismo se refiere a cualquier acto de «vandalismo cultural», sintagma que debiera tener vocación de oxímoron, pero bueno… A pesar de las polémicas, ahí siguen los mármoles, en el British Museum, mientras el Gobierno griego y otras muchas voces autorizadas en la historia del arte reclaman la vuelta al sitio del que fueron expoliados.
No sé si hay mucha diferencia entre expoliar una cosa para venderla o para exhibirla. De haberla, será de matiz, no de naturaleza. La polémica la han servido hace poco, en verano de 2011, las galerías británicas Keszler y Bankrobber, que han expuesto grafitis del célebre Banksy para vender, y así lucrarse a costa de la obra de un autor en cuya trayectoria dinero y creación no han caminado a la vez voluntariamente. La historia, según los representantes de estas galerías, arranca (nunca mejor dicho) de un intento de venderlas en eBay por parte de los palestinos propietarios de los muros donde se grafitearon las inquietudes de Banksy (cuya oficina de autenticación, por cierto, rehúsa conceder el certificado, claro, excepto a una que lo tenía). La cosa es que también se han arrancado otros grafitis de Los Ángeles, Brighton y Nueva Orleans. Se arguye que así se han conseguido restaurar y conservar, cuando estaban condenados, como todo arte callejero, a su desaparición. Con pretexto similar excusó el conde de Elgin su acción dos siglos antes. El soporte puede ser privado, pero ¿los derechos de explotación de la obra artística? La polémica está servida, y los dólares en la mesa por parte del mejor postor.
Es claro que este hecho nos lleva a historias locales, del terruño, y aquí tenemos unas cuantas buenas historias que contar. A las más célebres ya nos hemos referido en alguna ocasión anterior (vid. serie Románico romántico 12, 26 y 28), pero este último affaire Banksy me recuerda que también algunas de las pinturas arrancadas de San Baudelio de Berlanga tenían grafitos históricos rasguñados en ellas (otros se conservan en las que permanecieron in situ), o en las arrancadas de las iglesitas pirenaicas de la Vall de Boí, como el laberinto grabado en una de las pinturas que recubrían una columna del interior de Santa María de Taüll, o los grafitos que representan escenas bélicas en la parte inferior de las pinturas que circundaban la portada norte de Sant Joan de Boí, cuyos originales conserva hoy el MNAC de Barcelona. Íntimamente unidos a la policromía, viajaron como polizones en las mulas que transportaron la policromía entelada. Nadie les invitó, pero lo hicieron, y con la misma discreción campean expuestos… para estorbo de turistas y, en el peor de los casos, escándalo de eruditos. Qué curioso que lo que ahora se arranque sean grafitis, y el lamento venga de pintadas superpuestas.
Lord Elgin sigue vivo. Tiemblan los revocos.