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Martes, 27 de diciembre de 2011

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Cine y televisión

Cines de barrio

Por Joan Ripollès Iranzo

Cuando era niño, a pesar de vivir en los lindes de la ciudad, en una barriada obrera, podía plantarme en tres cines distintos en apenas diez minutos de camino. El primero al que había ido era el Goya, donde llegaron a programar hasta cinco películas consecutivas. Una vez tuvimos que salirnos a media proyección porque, después de ver una aventura de Tarzán, empezó una película de yonquis, y mi abuelo nos sacó de la sala, indignadísimo, mientras abroncaba al responsable del bar y al taquillero.

A un par de calles de mi casa teníamos el Avenida, que se había puesto el nombre confiando en que la calleja en que estaba iba a convertirse en la arteria principal del barrio. En los cincuenta había sido una sala de fiestas, y fue en los sesenta cuando se convirtió en cine popular. Al principio, todos lo conocían como el Cine Guardia, porque era propiedad de un guardia urbano y, en las tardes de invierno, más de un espectador aprovechaba las brasas de la estufa de leña para asarse los arenques y los boniatos, para desesperación del ahumado patio de butacas. En esa sala, acariciado por los aires de la incipiente democracia, gocé de la manga ancha que gastaban porteros y acomodadores a la hora de respetar la clasificación por edades, y pude sopesar los atributos de las fluctuantes actrices del destape, además de innumerables comedias y producciones de artes marciales, servidos en programa doble de sesión continua.

A mediados de los ochenta, las dos salas habían cerrado sus puertas, acuciadas por la crisis y la progresiva implantación del vídeo doméstico y comunitario. La primera se convirtió en pasaje comercial y la segunda en iglesia evangelista. Tuvimos que recurrir a la más alejada, más grande y mejor posicionada. El Cine Montecarlo programaba superproducciones de estreno acompañadas de reposiciones. Resistió hasta el noventa y seis —año en que se inauguró un flamante multisalas en una zona comercial de nuevo cuño— y, con el discurrir del tiempo, acabaría cobijando un supermercado de marcas blancas.

La desaparición de los cines de barrio caminó pareja a la desintegración de ciertos modelos socio-económicos. Hace sólo un par de años, el realizador argentino Lucas Brunetto estrenaba el documental Cine, dioses y billetes (2009), en el que relata el auge, esplendor y caída de los cines barriales de su ciudad natal, Avellaneda. Brunetto entrevista a proyeccionistas, acomodadores y combinadores —que llevaban los rollos de película de un cine a otro, en una época en que una sola copia podía ser exhibida hasta en cinco salas distintas, y el combinador transportaba los rollos de una a otra con gran premura de tiempo—, algunos de ellos inmigrantes polacos e italianos que hicieron su vida merced al empleo adquirido en este negocio.

La proliferación de industrias cárnicas, curtidurías y fosforeras había convertido los barrios de Avellaneda en núcleos autosuficientes, para los que el cine devino el gran centro de ocio y entretenimiento. Salas que podían llegar a tener casi dos millares de butacas que, en ocasiones, había que suplementar llenando de sillas los pasillos. Eran lugares de encuentro donde nacían nuevas parejas e iba a esparcirse la familia al completo. Revisar los programas de mano, admirar los carteles y examinar los fotocromos de los próximos estrenos era todo un ritual. En su época de mayor esplendor, el cine de barrio daba empleo a cómicos, magos y cantantes locales, que realizaban espectáculos en vivo en los intermedios que se intercalaban en los programas triples, que exhibían dos películas de complemento y un estreno. Había que ir bien vestido, con sombrero y corbata y, al salir, se llenaban de vida los bares y restaurantes de los alrededores, donde se continuaba departiendo sobre las películas.

El desmantelamiento industrial y el auge del sector servicios, con el consustancial empobrecimiento de las barriadas, provoca el cierre progresivo de aquellas salas, que quedan abandonadas o se convierten, sobre todo, en bingos y templos evangelistas. La vida comercial de los centros urbanos se va degradando en favor de las grandes superficies del extrarradio, en las que el cine —una sola película a un precio poco popular— deviene un servicio más, desgajado del resto.

Cine, dioses y billetes nos recuerda que «hasta los años 70 había en la Argentina más de 2000 salas de cine. Durante la década de los 80 y principios de los 90 cerraron aproximadamente 1750 salas». Hoy, en determinados barrios de Argentina y otros países, se intentan recuperar algunas viejas salas clausuradas, para evitar que desaparezcan. Con ello, no sólo se hace un homenaje al cine barrial, también se deja constancia de una época de desarrollo del comercio y la industria autóctona que los intransigentes vientos de la economía global se llevaron por delante. Cedámosle, cuando menos, el lugar que se merece en nuestra ingrata memoria.

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