PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Inscribir un mensaje, sea dibujado, sea textual, sobre los muros construidos es una costumbre antigua, que hereda la práctica de hacer lo mismo sobre las propias rocas u otras superficies que sirvieran para delimitar el espacio de uso de alguna actividad humana (habitacional, cultural, comercial, la que fuere). Desde la más remota antigüedad, esa que llamamos prehistoria, porque es anterior a la escritura, los petroglifos, inscripciones en piedra, nos recuerdan la necesidad de expresión que tenemos los seres humanos, aun cuando no supiéramos escribir: inscribíamos, pues. Como toda empresa humana creativa, los múltiples sentidos de estos mensajes escapan a los criterios taxonómicos en que la investigación intenta encapsular dichas creaciones, y a ese objetivo apuntan estas páginas. El estudio de los grafitos históricos, manifestaciones minusvaloradas hasta hace muy poco tiempo, no tiene una gran tradición historiográfica (si exceptuamos los de Pompeya y Herculano), menos en España, y fruto de ello es la variada terminología con que se alude a estas representaciones cuando se trata de describirlas (graffiti, grafitis, grafitos, pictogramas, petroglifos, esgrafiados, dipincti…), que no ayuda a una sistematización, pues se confunde técnica de representación, naturaleza de lo representado, instrumento con que se representa, soporte sobre el que se hace, etc.
El DRAE ofrece dos acepciones del lema que suponen un buen punto de partida. Por un lado, la definición histórica como ‘lápiz plomo’, o instrumento para escribir, que aparece desde 1837 hasta el Suplemento de 1970, momento en que se recogen otras dos acepciones que, básicamente, son las tres que hoy se ofrecen en su última edición: 1. ‘Mineral untuoso, de color negro y lustre metálico, constituido por carbono cristalizado en el sistema hexagonal. Se puede producir artificialmente, y se usa en la manufactura de lapiceros, crisoles refractarios y en otras aplicaciones industriales’; 2. ‘Escrito o dibujo hecho a mano por los antiguos en los monumentos’; 3. ‘Letrero o dibujo circunstanciales, generalmente agresivos y de protesta, trazados sobre una pared u otra superficie resistente’. En la próxima edición se prometen cambios. Se ve que la RAE, generalmente lenta a la hora de asumir novedades, no se ha querido quedar atrás en este campo, y sustituirá la última definición por ‘Letrero o dibujo circunstanciales, de estética peculiar, realizados con aerosoles sobre una pared u otra superficie resistente’. Se acabó la agresión y la protesta.
El origen último del étimo es griego, pues deriva de graphein (γραφω=escribir). En el propio griego antiguo la metonimia entre la materia escriptoria y su resultado ya se había producido, dando, entre otras, las palabras gráfico (graphikós) y grafio (graphio, o graphium en latín), instrumento con que se escribía sobre tabillas de cera, como acertadamente recoge Isidoro de Sevilla («punzón para escribir») y toda la tradición medieval. De este modo, dicho étimo, ya latinizado, pasa a todas las lenguas romances. Será del italiano, idioma exportador de terminología arqueológica, de donde se tome graffito, y de ahí se extenderá al resto de lenguas con los significados conocidos.
En castellano, el lexema graf- ha llegado a convertirse en lo que los filólogos llaman semipalabra o prefijoide, componente, no independiente, con que se forman palabras compuestas, anteponiéndose o posponiéndose a otros morfemas, que dan lugar a verdaderas familias de palabras, como es el caso. A ello coadvuyaron los cultismos y préstamos derivados de graf- utilizados particularmente por los arqueólogos a partir del estudio de los testimonios romanos, particularmente de Pompeya, a mediados del siglo xix. Éste es el punto de partida que nos llevará de trazo en trazo, en diversas entregas, por el fascinante mundo de estos mensajes inscritos, de forma efímera y espontánea muchas veces, para comunicar algo. Desde los tiempos de las cavernas, con esos petroglifos que tan estéticos y misteriosos nos parecen, al día de hoy, con los grafiteros urbanos (el no menos misterioso Banksy a la cabeza). Testimonios documentales y/o estéticos, que no son todos los que hay (¿quién toma la decisión?) pero que estamos a tiempo de conservar. La destrucción de los grafitos históricos es constante, y por su propia naturaleza ofrecen una frescura que, de pronto, nos descubre un secreto que lleva siglos durmiendo sobre un muro y que a modo de milagro se ha mantenido. Para contarnos algo.