CULTURA Y TRADICIONES
Por Ignacio Ceballos Viro
No hay príncipe que viva como rey de España: todas sus acciones y todas sus ocupaciones son siempre las mismas, y marcha con paso tan igual que, día tras día, sabe lo que hará toda su vida. Diríase que hay alguna ley que le obligue a no dejar jamás de hacer lo que tiene por costumbre. Así, las semanas, los meses, los años y todas las partes del día no traen cambio alguno a su régimen de vida, ni le hacen ver nada nuevo; pues, al levantarse, según el día que es, sabe qué asuntos debe tratar y qué placeres gustar.
Así percibió el atento viajero francés François Bertaut la vida de nuestros austrias menores. Ya se sabe que en la España barroca la piedad inundaba todos los aspectos de la realidad cotidiana hasta el punto de desviarla, con cierto fanatismo, a aspectos nítidamente seculares. Esto sucedía de forma especial en todo lo relativo al monarca, quien equivalía muchas veces al representante terrenal de Dios. Si la real agenda situaba al rey R, a la hora H, en el palacio de la marquesa M, eso «iba a misa». Lloviera, tronara o hiciera sol. Como si gozara del sobrenatural don de la ubicuidad y, en caso de surgir un imprevisto, el rey tuviera capacidad de actuar al mismo tiempo en Pinto y Valdemoro.
Tal vez el lector del siglo xxi lea esto con la ceja arqueada por la incredulidad, pero la literatura —especialmente la cortesana— nos ha dejado jugosos ejemplos para comprender la magnitud de este fenómeno: el protocolo real como acto de fe.
El siguiente caso es bastante elocuente y recreativo, porque intervienen elementos tan caprichosos como la climatología, los piratas o la real gana. Vayamos a agosto de 1689. Carlos II y su segunda esposa, Mariana de Neoburgo, se casan por poderes, a distancia. Enseguida, Mariana inicia su viaje a España para celebrar la boda en persona. Cruza su país, Alemania, hasta llegar a Düsseldorf, donde debe tomar el barco que la llevará hasta su amantísimo —y desconocido— esposo. El rey está impaciente por comprobar si su mujer es tan pelirroja como parece en el único retrato que ha visto de ella. Anuncia que saldrá a su encuentro el día 15 de octubre de 1689, dando tiempo suficiente, a su juicio, para que se realice la travesía fluvial y marítima que los separa, y ella llegue al puerto de Ferrol, donde deben encontrarse.
Y con esta decisión, no ha hecho sino poner en marcha toda la parafernalia festiva: los poetas afilan sus plumas, los músicos afinan sus cuerdas, las prensas enfilan sus tipos, para honrar con sus composiciones a la nueva reina. Entre todos está un personaje que nos interesa: el anónimo poeta que escribe los textos de villancicos que se cantarán en el convento de San Franciso durante la festividad de su patrón: casualmente también el 15 de octubre. Por supuesto, no desaprovecha la coincidencia de las fechas, y entre los versos dedicados a San Franciso, filtra un guiño al acontecimiento: «Hoy se parte el Rey / a conducir a la Reina». Y después añade una mención al viaje de los reyes y al presunto e inminente arribo de la reina al puerto español de Ferrol:
Por instantes, de la Reina
se espera el feliz aviso,
mas para nuestros deseos
se hacen los instantes siglos.
Crédito es de Francisco
que al puerto llegue,
pues de su cordón todo
está pendiente.
Y nuestra Reina,
si en su cordón se fía,
será muy cuerda.
Sin embargo, la realidad juega sus propias cartas. Por los problemas que planteó encontrar una ruta y un barco que no pusieran en peligro la seguridad de la reina, ésta no comenzó su viaje por mar hasta el 13 de noviembre. ¡Más de dos meses después de la boda por poderes! Además, la climatología adversa y los quiebros que la embarcación tuvo que realizar para esquivar a los piratas fueron añadiendo días de retraso a su llegada. Carlos, mucho menos confiado en su agenda que sus súbditos, retrasó también su salida de la corte. Cuando, finalmente, el 30 de marzo de 1690 (es decir, medio año después) llegó la noticia de que Mariana había llegado al puerto de Ferrol, el rey ni siquiera había iniciado su viaje sino que se encontraba rezando en la basílica de la Virgen de Atocha.
¿Imaginan, entonces, la cara del cándido poeta del convento de San Francisco al oír su verso «hoy se parte el Rey / a conducir a la Reina», cantado ese señalado día, el 15 de octubre… de 1689? En su favor hay que decir que compuso el villancico, según la costumbre, al menos un mes antes de su representación, y lo hizo movido, como hemos visto, por su fe. Fe en el protocolo, claro.