MÚSICA Y ESCENA
Por Alba Bergua Muntoner
Mírenlos ahí qué guapos y qué formales, los seis con su esmoquin —no, no es frac porque la pajarita es negra—, su pañuelo blanco y su flor en el ojal, dispuestos en tres filas, como seis bolos, un, dos, tres, o como una alineación de fútbol de las antiguas, pero truncada, sin delanteros: en la portería Wyoming, con sonrisa maliciosa; en la defensa Carbonell, con sonrisa en todos los dientes, y Segura, con sonrisa en todos los ojos; en el centro del campo Pepín Tre, con sonrisa arrugada, y al otro lado Faemino, con sonrisa amenazadora y con bombín; y en el centro Krahe, sin sonrisa, enseñando las palmas de las manos, como un mesías, un director de orquesta o un jefe chulo.
Aunque parezca mentira, bolero aparece en el DRAE como adjetivo antes que como sustantivo. Un adjetivo muy apropiado, por cierto, para casi todas las canciones: «Que dice muchas mentiras». En compañía del otro término que nos ocupa, consigue despistar al respetable gracias al cruce de funciones gramaticales. Porque el disco se llama precisamente así, 18 boleros chulos, y el sello discográfico que lo edita se llama casi igual, 18 chulos, aunque los fundadores de la sociedad, o al menos los más visibles, no sean dieciocho sino seis, esos seis bolos negros de la portada, más chulos que un ocho, eso sí, e incluso más que un dieciocho.
«Muchos de los intérpretes no habían cantado un bolero en su vida, y ni siquiera se han molestado en hacerlo en esta ocasión», confiesa Krahe en las pocas líneas con que presenta este disco. Un trabajo que cumple varios sueños:
Por ejemplo, el sueño de Wyoming era cantar lo que fuera pero sin El Reverendo, y dar así paso al flamenco, su vocación íntima. El sueño de Pablo Carbonell, cantar lo que fuera, cuando fuera, donde fuera y como… Machín o el malogrado Wagner. El de Santiago Segura, despojarse del traje de Torrente y ennoviarse con Ana Belén con un amor sin mácula y sin hipoteca. El de Faemino, parecer un ruiseñor sin dejar de hacer el ganso. El de Javier Krahe, un sueño de paz, justicia, mar y cuernos para todos. El de Pepín Tre, mucho más prosaico, era un sueño de faeminos amarillos abolerándose entre las olas.
Pero, además de los chulos, aquí hay muchas más voces. Pablo Milanés y Javier Ruibal lloran de ausencia; Ana Belén (ya se ha dicho) se hace novia inseparable de Segura; Albert Pla, todo corazón, le pide al reloj que no marque las horas; Sergio Makaroff y Olga Román emocionan a dúo con pajarillos y limosnas; el Cigala le pide a Herminia que nunca busque la opulencia; Martirio se enamora y no sabe cómo fue; Gema Corredera canta a la luna quebrada; y por ahí aparecen Lucía Jiménez y Arturo Valls y cantan una de Manzanero, y por aquí y por allá vuelan las cuerdas y los vientos de Ariel Rot, Tito Alcedo, Javier López de Guereña o Andreas Prittwitz, entre otros.
Así que hay versiones y diversiones para todos los gustos. Por un lado, clasicazos de todas las épocas, con tristeza y martirio en el alma; por otro, un par de boleros creados ad hoc por Pepín Tre: el «Permítame» que interpretan los chulos a coro y el himno y divisa «Soy un nenúfar solitario», mi favorita, que, a falta de Cansado, termina con un diálogo memorable entre Pepín y Faemino. Algunos habrán podido escucharlos antes en el cine, como el «Amor de loca juventud» que cantaba Compay Segundo en Buena Vista Social Club, o en aparatosos aparatos de música. Y entre todos ellos, zas, una sorpresa de última hora: «Yellow submarine».
Le regalé este disco a mi tía Mari porque sé que le encantan los boleros, pero me consta que no le gustó nada. «Es que yo soy más clásica, hija», se excusó.