CULTURA Y TRADICIONES
Por Concepción Bados Ciria
Nacida en Quito, el 27 de diciembre de 1797, era hija natural de Simón Sáenz y María Joaquina de Aizpuru. Desde muy niña, a través de sus dos hermanos, estuvo en contacto con las luchas independentistas y, según sus biógrafos, a los doce años de edad se adhirió a las fuerzas revolucionarias emancipadoras que iniciaron la revuelta en Quito, el 9 de agosto de 1809. En 1814, a los diecisiete años, fue enviada a un convento para ser educada como correspondía a las mujeres de su clase social. De carácter romántico y apasionado, se enamoró de Fausto D’Elhuyary, con quien huyó del convento; tras su ruptura, en 1818, contrajo matrimonio con el médico inglés James Thorne, un hombre adinerado que le doblaba la edad y que le permitió tanto sus devaneos amorosos como políticos. Se establecieron en Lima, ciudad en la que Manuela frecuentaba y auspiciaba distintas tertulias revolucionarias, que, como se sabe, jugarían un papel determinante en los movimientos independentistas. En 1821 fue testigo de la declaración de independencia del Perú y, en 1822, viajó a Ecuador, país en el que entabló amistad con los próceres de la independencia, entre otros, el general Sucre y el general Juan José Flores. Allí conoció a Simón Bolívar cuando contaba veinticinco años de edad. Desde ese momento, Manuela, a pesar de su matrimonio, se convirtió en amante y compañera del Libertador.
Conocida con el sobrenombre de «la libertadora del Libertador» por haberle salvado en dos ocasiones la vida, lo cierto es que Manuela tomó parte muy activa en los procesos de la independencia de la Gran Colombia, compartiendo con Bolívar desvelos, logros y también desengaños y frustraciones. A la muerte del prócer, en 1830, Manuela continuó con su empeño revolucionario, si bien tuvo que enfrentarse en diversas ocasiones a los nuevos poderes establecidos tras las sucesivas declaraciones de independencia, que no compartían sus intereses. Así, fue expulsada de Nueva Granada por el general Francisco de Paula Santander y se vio obligada a exiliarse en Jamaica, donde fue acogida por Maxwell Hyslop, un colaborador de Bolívar. Regresó poco después a Ecuador, pero fue expulsada de su propio país por Vicente Roca, en 1835, y se instaló en Puerto Paita (Perú). En este lugar alejado vivió en condiciones de penuria económica y el ostracismo más absoluto hasta su muerte, acaecida el 23 de noviembre de 1836.
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