ARTE / Claroscuro
Por Francisco de Asís García García
San Andrés, el apóstol hermano de Pedro, y san Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana a comienzos del siglo xiii, son reunidos en singular diálogo en este lienzo de la última década del siglo xvi procedente del madrileño Real Monasterio de la Encarnación, donde estuvo hasta 1942.
San Andrés, que adquiere una fisonomía muy similar a las abundantes interpretaciones apostólicas del pintor cretense, se distingue por la crux decussata de su martirio, generalizada en la iconografía desde el siglo xv. San Francisco es reconocible por sus estigmas y el hábito ceñido por el célebre cordón franciscano de tres nudos. Si en los siglos del gótico el círculo de Giotto y sus seguidores fueron los principales codificadores de la imagen visual del santo, en época moderna, pintores como el Greco renovaron su iconografía con nuevos tipos y composiciones que fueron apreciadas y demandadas por sus contemporáneos. No en vano, la reinterpretación del cretense fue elogiada por Pacheco como la más acertada de su tiempo. Pese a lo novedoso de la composición, no se trataba de asuntos ajenos al imaginario artístico del Greco. Su producción pictórica fue pródiga en asuntos franciscanos a lo largo de una treintena de años. Asimismo, tendría ocasión de representar posteriormente a san Andrés en varias ocasiones, como parte de sus conocidas series de apostolados.
Entre sus cuadros de devoción, el Greco representó diversas parejas de santos, una costumbre bien asentada en los círculos artísticos de su época que tuvo uno de sus ejemplos más conocidos en los altares laterales de la iglesia de El Escorial. San Juan Bautista y san Juan Evangelista, o san Pedro y san Pablo, un binomio frecuente desde los inicios de la iconografía cristiana, fueron aunados por el pincel del cretense. Sin embargo, también realizó otros emparejamientos inéditos que congregaban a personajes de una forma aparentemente arbitraria: San Juan Evangelista y san Francisco, considerado por algunos obra de taller, o este San Andrés y san Francisco autógrafo.
La aparición conjunta de santos de distinto tiempo histórico no era un hecho excepcional en la pintura medieval y renacentista. Bien es sabido que santos de las más diversas procedencias y épocas podían convivir sin problema en las «sacras conversaciones» tan populares en la pintura italiana y flamenca. Asimismo, no era difícil encontrar juntas a dos figuras a priori ajenas en el tiempo y el espacio cuando existía algún tipo de vínculo entre ellas. De este modo, un mismo nombre compartido por ambas o la pertenencia a una misma orden religiosa constituían motivos suficientes para idear una anacrónica unión. No es el caso de los dos santos que protagonizan la escena aquí comentada. Como se ha señalado, la asociación entre san Francisco y el apóstol quizá dependió de las consignas del comitente y respondió a una devoción personal. Aun así, la exhibición de los estigmas del santo umbro y la ostensión del instrumento de martirio apostólico redundan en una misma idea pasional que, si bien no es la protagonista en el lienzo, permite establecer un vínculo entre los personajes.
Sin embargo, la íntima conexión entre los dos santos lograda por el Greco deriva del animado diálogo que sostienen. En efecto, figuras que de forma individual podrían resultar formularias, ganan en potencial comunicativo al unirse en la composición, cuya retórica gestual parece acompañar la comunicación verbal. El pintor ha concedido un especial protagonismo a sus actitudes en la concepción de la escena, de modo que una figura como la de san Andrés, que también fue ejecutada por el artista de forma independiente con idéntico ademán, se revela especialmente elocuente al enfrentarse con su interlocutor. La aproximación del Greco a los dialogantes ha respetado la individualidad de cada personaje y su caracterización psicológica: la madurez de san Andrés y el misticismo de un joven san Francisco avenido a los tipos mendicantes habitualmente empleados por el artista. La inclusión de una estampa toledana en el sector inferior izquierdo, donde se ha querido reconocer la imagen del Alcázar, actualizaría y acercaría la escena al espectador de su tiempo.