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Martes, 21 de diciembre de 2010

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ARTE / Claroscuro

El Greco en Madrid

Por Susana Calvo Capilla

Este lienzo formaba parte de un retablo pintado por el Greco entre 1596 y 1600 para el Colegio de Nuestra Señora de la Encarnación de Madrid. Del retablo, desmontado en 1810 a consecuencia de la invasión francesa, se conservan al menos tres composiciones verticales centradas en la infancia de Cristo: dos en el Museo del Prado, el Bautismo de Cristo y La Anunciación, que posiblemente se hallaba en el centro, y en el Museo de Bucarest una Adoración de los pastores. También se ha supuesto parte de este retablo La Crucifixión que conserva el Prado. Además, han llegado hasta nosotros los bocetos preparatorios de las tres primeras escenas, pintados igualmente al óleo sobre lienzo pero de menor tamaño, en la Galería Corsini y la Galería Nacional de Roma y en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Los dos lienzos del Prado son una excelente muestra del arte del cretense en sus dos últimas décadas de vida. El lirismo de las figuras y la atmósfera inmaterial de la escena, el delicado y confortante juego cromático (tonos fríos en La Anunciación y cálidos en el Bautismo) o el sabio equilibrio de luces hacen de ellos obras cumbres del Greco. En el Bautismo, una luz blanca recorre el cuerpo de Cristo y asciende a través de la paloma hacia Dios Padre, que observa la escena desde el cielo.

El retablo, como decíamos, estaba destinado a la iglesia de un seminario de agustinos fundado en 1580 por doña María de Córdoba y Aragón (1539-1593), dueña de honor de la infanta Isabel Clara Eugenia. En la idea de la fundación de un colegio pudo tener algo que ver el místico fray Alonso de Orozco (m. 1591), que defendía una formación adecuada de los religiosos. No obstante, la iglesia también estaba destinada a convertirse en el panteón familiar de los Córdoba y Aragón. El propio Felipe II ayudó en el proyecto mediante la cesión de unos terrenos muy cercanos a los jardines del Alcázar. Diversas vicisitudes, entre ellas la muerte de doña María y las disputas entre sus albaceas, retrasaron mucho las obras de la iglesia, que dirigían dos colaboradores de Juan de Herrera. Una vez concluido el edificio y colocado el retablo, hacia 1600, se trasladaron a la iglesia los restos del beato fray Alonso de Orozco. Aunque son bien conocidos los términos del contrato, firmado en 1596, no se sabe a ciencia cierta qué razones llevaron al Real Consejo de Castilla, que se había hecho cargo de la fundación, a elegir al Greco, un pintor que no se prodigaba en exceso por la corte y que residía en Toledo. El cretense tenía que pintarlo en tres años y cobraría en varios plazos: al inicio de los trabajos, al final de cada año y según fuera entregando los lienzos. Las trazas del retablo seguramente venían dadas por los arquitectos de la iglesia, en tanto que los temas a representar (escenas de la vida de Cristo extraídas del evangelio de San Lucas) estarían ya elegidos. Es asimismo posible, indica Fernando Marías, que se le sugirieran al pintor algunos extraños detalles iconográficos basados en las meditaciones místicas del beato fray Alonso de Orozco, como la masiva presencia de ángeles en cielo y tierra, la sustitución del jarrón con lirios por una zarza ardiendo en La Anunciación o la inclusión del hacha a los pies del Bautista.

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