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Miércoles, 30 de diciembre de 2009

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Cine y televisión

La evolución de Amenábar

Por Llanos Navarro García

Trece años han transcurrido ya desde que Amenábar irrumpiera en el ámbito del cine español sorprendiendo a público y crítica con su ópera prima, Tesis. No puede decirse que el joven cineasta no haya sido capaz de rentabilizar el éxito obtenido con esta cinta, ni que no haya sabido sortear eficazmente los riesgos de las altas expectativas generadas o del encasillamiento en un género del que había demostrado un notable dominio. Por el contrario, ha probado ser capaz de emprender un camino propio, que le ha llevado al  estreno de su última película, culminación —hasta ahora— de un proceso de madurez progresiva, valiente y arriesgado, que él mismo ha trazado a partir de quiebros un tanto inesperados. Partió del tratamiento del miedo y la tensión con que nos sorprendió en su primera cinta, continuó con las aportaciones, en absoluto exentas de filosofía, de Abre los ojos o, más sutilmente, Los otros, para hacer virar a continuación el objetivo de su cámara hacia cuestiones más íntimas, en su inolvidable y estupenda Mar adentro. Finalmente, con Ágora nos ofrece un nuevo giro que nada parece compartir con sus orígenes, con la obra de aquel joven de veinticuatro años capaz de contar una historia memorable con un exiguo presupuesto.

La impresión que se tiene es que Amenábar optó, tras el cambio de tercio anunciado en su tercera película y que consumaría en la siguiente, por rechazar el típico rol de autor de una pieza, monolítico, de intereses y obsesiones definidas y recurrentes. Decidió, parece, no renunciar a ninguna historia capaz de ejercer sobre su sensibilidad el interés suficiente, enriqueciendo así, al precio de un sello inconfundible, sus propios límites recurriendo a ideas nuevas, a colaboraciones estelares, a incursiones en un cine menos sujeto que el español a la tiranía de financiaciones insuficientes. Renunció a su lengua, la nuestra, para garantizar unos medios imprescindibles. Y el resultado es la que se considera una película épica de nuestro tiempo, gestada bajo la influencia de los grandes clásicos del género amplísimo al que nos referimos melancólicamente, como cantaba Sabina: de romanos (que no aparezca ninguno en este caso es algo absolutamente irrelevante). Aquellas viejas cintas tantas veces visionadas, cuyos diálogos forman parte de nuestra memoria inconsciente, tenían una incuestionable grandeza que el director madrileño ha imitado hábilmente. Así es: el tono épico, los escenarios grandiosos, la creación de personajes tipo, destinados a desempeñar una función en el conflicto que se desea mostrar, están sin duda en Ágora y su tratamiento no es ni inconsistente ni mediocre. Sin embargo, pese a esos valores, se echa de menos la presencia de personajes complejos, auténticos, cuyos agónicos conflictos aquí se nos regatean (irrepetible Charlton Heston) y la emoción del homenaje al conocimiento se enturbia por la inevitable sospecha de la imposición ideológica, de las conclusiones dadas e inapelables, demasiado contundentemente planteadas como para dejar al espectador un mínimo espacio para la polémica silenciosa: he ahí la nueva tesis de Amenábar.

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